Columnista Invitado

Roma nos debía esta encíclica

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Fander Falconí

Pocos días antes de su llegada al Ecuador, el papa Francisco, cabeza de la Iglesia Católica, con más de 1 200 millones de fieles en todo el mundo, presentó su encíclica sobre el cuidado del medio ambiente y la ecología. Una encíclica representa la posición oficial de la iglesia en temas cruciales y se emiten con poca frecuencia. El título de la encíclica es “Laudato si”(“Alabado seas”, en español). Está tomado de un pasaje del Cántico de las Criaturas, una oración de Francisco de Asís dedicada a la naturaleza.

Los científicos nos advierten que hemos alcanzado el límite planetario y hemos generado un desequilibrio. Cuando esa armonía se interrumpe, empieza a desintegrarse la Tierra. Esa inconsistencia de la actitud del ser humano se produce por egoísmo, por una ambición desmedida que empieza causando daño a la naturaleza y acaba por herir al que hiere. Es la proverbial imagen del avaro que mata a la gallina de los huevos de oro. Pero ese egoísmo e individualismo lo lleva a pretender sojuzgar al prójimo y se produce un doble daño: a la naturaleza y a la humanidad. Ante ello, se requiere la acción conjunta e inmediata de toda la humanidad, en especial de quienes tienen más capacidad para enfrentar la crisis.

El Papa dice en forma clara en su encíclica que hay una deuda ecológica entre los países del Norte y del Sur. Y agrega: “La tierra de los pobres del Sur es rica y poco contaminada, pero el acceso a la propiedad de los bienes y recursos para satisfacer sus necesidades vitales les está vedado por un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso”.

La deuda financiera y la deuda ecológica se entretejen en el escenario de la realidad actual. Las naciones del Sur tenemos una deuda financiera –muchas veces mal habida, injusta e inmoral– con el mundo rico, pero -al mismo tiempo- somos acreedores de la deuda ecológica, que es ‘una deuda que nos adeudan’ los países del Norte. Un caso patético de indolencia o de imperdonable negligencia. Esto ya había sido escrito y denunciado por economistas ecológicos y movimientos sociales en los años noventa.

En ‘La deuda de las naciones y la distribución de los impactos ecológicos de las actividades humanas’, artículo de Thara Srinivasan y otros investigadores, publicado en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU., a fines de los 2000, se estimaron los daños ambientales causados por los consumos de países ricos a las naciones pobres entre 1961 y el año 2000.

El estudio se concentró en seis áreas: gases de efecto invernadero; debilitamiento de la capa de ozono; expansión e intensificación de la agricultura; deforestación; sobrepesca, y conversión de manglares en camaroneras. Calcularon la deuda ecológica en cerca de ¡USD 2 millones de millones! ¡Nos deben más de lo que les debemos!

A todo esto habría que añadir los pasivos ambientales generados por las industrias extractivas. Es hora de que los países que se beneficiaron de nosotros empiecen a pagar lo que nos deben.