Enrique Echeverría

La risa, una buena defensa

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Los quiteños tradicionalmente han utilizado la alegría para sobrellevar la realidad, mucho más cuando esta se torna dura o difícil.

El producto más notable es la “sal quiteña”, que no perdona nada ni a nadie y divierte, al menos temporalmente.

Con ocasión de concentraciones y desfiles en época electoral, o de resistencia y desaprobación a los gobiernos, este fenómeno provoca dos reacciones: una, de quienes protestan y se atribuyen cifras altas de concurrentes; otra, de la autoridad dándole dimensiones mínimas que se han traducido –y continúan- con la frase: fue un completo fracaso; y usando el adjetivo “pelagato” para los contrarios.

¿Cuántas personas puede alojar una plaza como la de San Francisco? Con motivo de una “entrada” del triunfante doctor José María Velasco Ibarra, en el periódico cuantificamos en 100 000 partidarios. Esta vez, no la autoridad sino los antivelasquistas, usaron los mismos términos. Fue un fracaso, concurrieron cuatro pelagatos.

Para ser más o menos exactos, con cinta métrica en mano nos dimos el trabajo de medir la superficie de la plaza y calcular cuántos podían caber en cada metro cuadrado: la cifra no estaba descaminada; pero como la política es asunto de gente blanca e inteligente, decidimos que ellos mismos calculen.

La ocurrencia ingeniosa ha desafiado –y continúa- la prepotencia, el abuso, la amenaza que siempre ha utilizado el poder.

Parodiando: en una concentración, el inolvidable humorista Ernesto Albán Mosquera hablaba ante una multitud e instaba: Compañeros, vamos a luchar por nuestros intereses… porque el capital ya está perdido.

Ni el propio Presidente era ajeno a la broma. Uno de ellos, de antaño, iba en el avión rumbo a Guayaquil y a la altura de Machachi divisó unos pastores. Dijo: mi Gobierno es para los pobres. Y se aprestó a lanzar un billete de 100 sucres al pastor, pero el piloto le sugirió: en lugar de beneficiar solamente a uno, mejor sería lanzar dos billetes de 50 y beneficiar a dos. Aceptó la sugerencia y cuando ya tenía en sus manos 10 billetes de 10 sucres cada uno para beneficiar a 10 pobres, un ayudante de la parte posterior del avión, le dijo: señor Presidente, ¿en lugar de lanzar 10, para beneficiar a 10, por qué no se lanza usted y beneficia a todos los ecuatorianos?

En el Congreso se producían ocurrencias inolvidables. Había un senador por Los Ríos, que se sintió ofendido por la alusión del diputado de Pichincha, señor Pérez. Lo desafió a duelo; el pichinchano se levantó del asiento y con los brazos en alto anunció: señor Presidente del Congreso, me doy por muerto.

El espacio no permite referir más casos, pero este pasado ingenioso, que ha servido como escudo para las malas épocas, puede tenérselo a la vista en el libro '60 anécdotas quiteñas' de Jorge Ribadeneira Araujo, que acaba de entrar en circulación.