Alfredo Astorga

A rezar se ha dicho

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Columnista invitado

Sucedió en una escuela pública. Laica por esencia. Estudiantes de 10 años fueron persuadidos-presionados-obligados a rezar… para que los niños enfermitos se curen.

La maestra, con los brazos en cruz, mutó su discurso docente por el sermón de pastor. Derramó -no se sabe con qué autoridad- bendiciones a granel. La clase planeada sobre contaminación se esfumó, en medio de un ambiente extraño.

El incidente casi pasa desapercibido. Uno de los chicos contó el incidente, con detalles suficientes. Sobre las enfermedades de los niñitos pobrecitos. Sobre las amenazas. Sobre la pérdida del cariño de la maestra para quienes no recen.

Estos ritos se repiten por miles en unidades fiscales, laicas por definición constitucional.
Los ejemplos abundan: oraciones, bendiciones, agradecimiento de favores, súplica de milagros, misas, colectas, historia sagrada, teatralizaciones de la biblia, señal de la cruz simple o triplicada. Ritos iguales para todos los desiguales.

La laicidad se quedó en declaraciones vaporosas y discursos. Se perdió en medio de la profusa adjetivación que baña nuestra educación.
Cuesta creer que el tema es abordado con maestros y directivos, en sus cursos, sus evaluaciones, sus orientaciones.

No es extraño entonces advertir la monumental confusión instalada en mentes y corazones… El laicismo como enemigo de la religiosidad, el cristianismo y la iglesia. Laico igual a ateo.
Y desde ahí, los calificativos: defensores del laicismo casi como anticristos…. enemigos del laicismo como custodios de una única fe y un solo dios.

La versión no puede ser más retorcida. Porque el laicismo no niega ni desvalora la espiritualidad de nadie. No le interesa.

Solo reconoce lo obvio: existencia de diversos sistemas de creencias. Estamos “rodeados” de católicos, evangélicos, judíos, agnósticos, ateos. Y de lo que se ha probado, ninguno es mejor que otro.

El laicismo no es discrecional. Es un mandato constitucional por el respeto y trato igualitario a todas las creencias.

No se puede forzar prácticas religiosas de una corriente, por mayoritaria que sea, por padrinos que tenga.

Desde otra óptica, reconocemos que la escuela tiene en sus manos un valioso instrumento para educar. Podría trabajar historia de las religiones o corrientes filosóficas que sin duda aportarían a la construcción de identidades juveniles.

Y seguramente a una mayor comprensión de estos seres humanos budistas, taoístas, hinduistas, islámicos, libre pensadores. Un ingrediente más de la inclusión.

También se podría promover valores claves: consecuencia entre prédicas y acciones, prioridad de las esencias sobre ritos e imágenes, pasión por la paz o la justicia.

Y distinguir -porque hay un abismo que las separa- la solidaridad de la lástima; la primera enaltece, la segunda aplasta.