Rodrigo Borja

La ‘revolución azul’

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 1
Triste 2
Indiferente 5
Sorprendido 2
Contento 19

Una alta proporción de los recursos hídricos superficiales del planeta está infectada porque los ríos y lagos se han convertido en depósitos de los desechos tóxicos de la agricultura, la industria y los desagües urbanos. Cada día dos millones de toneladas de basura van a parar a los cauces de agua. 250 de los 500 ríos más importantes del mundo están seriamente afectados. Sólo 5 de los 55 grandes ríos europeos se consideran limpios.

En la India el fanatismo religioso contamina el Ganges —el ‘río sagrado’—, donde se sumerge a los difuntos y transmite a los vivos el cólera, el tifus y numerosas enfermedades gastrointestinales. Sólo dos ríos importantes —el Amazonas y el Congo— se pueden considerar sanos gracias a que no tienen en sus orillas centros industriales ni grandes ciudades.

Por eso los científicos recomiendan iniciar la “revolución azul” para conservar las reservas de agua dulce y contrarrestar los efectos de la “revolución verde”, iniciada en los años 60, con sus fertilizantes y pesticidas.

El más grande sistema fluvial del planeta es el del Amazonas, que abarca casi 6 millones de kilómetros cuadrados. Allí está la quinta parte de la reserva de agua dulce de la Tierra.

Sudamérica, EE.UU., Canadá, Rusia y las islas de Asia sudoriental disponen todavía de alta cantidad de agua, pero Europa, China, el sureste y suroeste de África y los países del Oriente Medio sufren de muy baja provisión.

La escasez de agua dulce y los desórdenes del clima —sequías, lluvias torrenciales, inundaciones, huracanes, tornados— serán los flagelos de la humanidad en el futuro. Hay una relación permanente entre escasez de agua dulce y pobreza. El número de grifos y surtidores de agua potable es un indicador de la salud humana mucho más preciso que el número de camas de un hospital.

El costo humano de la escasez de agua potable —en términos de pobreza, insalubridad, enfermedad y desnutrición— es catastrófico. Una de cada ocho personas en el mundo no tiene acceso a agua limpia. 3,3 millones de seres humanos mueren cada año por problemas de salud relacionados con el agua. En África el 40% de la población vive sin saneamiento e higiene básicos a causa de la insuficiencia o falta de agua.

Recuerdo que, en la búsqueda de nuestro desarrollo sustentable, expedí en abril de 1990 el decreto que declaró los años 90 como la “década del ecodesarrollo” en el Ecuador, a fin de someter todos los planes de la producción a una calificación previa desde la óptica ambiental para que pudiesen ser ejecutados. El decreto estuvo acompañado de la ley para el manejo de los recursos costeros, las medidas de conservación de las Islas Galápagos, la repartición de tierras a los grupos étnicos de la Amazonía, el canje de deuda externa para fines ambientales y la creación de la subsecretaría del medio ambiente en el ámbito petrolero.