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6 de junio de 2014 19:28

El Rey Juan Carlos I de España, aprovechando una leve recuperación de su imagen, decidió abdicar en su hijo Felipe. Elegir la hora de la retirada es la disyuntiva más importante que se impone quien elige voluntariamente la salida.

El Rey desempeñó un rol esencial en la transición del régimen franquista al régimen democrático y se convirtió en símbolo, no solo de la monarquía, sino de la democracia. Cinco años más tarde, cuando un teniente coronel asaltó el Congreso y amenazó encender una hoguera con los muebles, el Rey fue considerado, por su conducta, el salvador de la democracia. Desde entonces, la gratitud del pueblo español se probó en la ausencia casi total de crítica, a la que se sumaron los políticos, los sindicatos y la prensa; así se convirtió en el Monarca más popular de Europa. Nadie se incomodó con los viajes de lujo, los palacios, los yates y el presupuesto de 34 millones de euros. Si el Rey se hubiera retirado en la hora apropiada, habría congelado su imagen en el momento más glorioso. Pero dejó pasar la hora.

Los últimos años del Rey han sido un martirio. Su paso, 10 veces, por los quirófanos arruinó su apariencia y su salud, los escándalos familiares y las acusaciones de corrupción terminaron alejando a sus yernos de la casa real. Sus propios desatinos acabaron con el cariño de los súbditos. Todo empezó un malhadado día en que el Rey apareció con la cadera fracturada en Botsuana donde participaba en una cacería de elefantes. Para entonces era uno de los presidentes honorarios de la organización para la protección de la vida salvaje (WWF). Empeoró la situación al descubrirse que la organizadora del paseo era una dama alemana, la princesa Corina Wittgenstein, de quien se dijo era más que amiga.

Se divulgaron rumores acerca de la conducta del Monarca y se publicaron libros sobre sus aventuras y el estoico sufrimiento de la Reina. Todo cambió en España. Hasta su amor por la democracia resultó lastimado cuando una revista alemana, Der Spiegel, publicó el teletipo enviado a Bonn por el embajador en España en el cual revelaba que el Rey guardaba cierta simpatía por los líderes del complot de 1981. Había dicho al embajador Lahn que “solo deseaban lo que todos necesitamos, el restablecimiento de la disciplina, el orden, la seguridad y la calma”. El Rey seleccionó el momento, pero no la retirada que deseaba.

Mientras en Europa se retiran voluntariamente los consagrados como vitalicios por la ley: los monarcas de Bélgica, de Holanda, de España, y hasta el mismo Papa de Roma, en América Latina tenemos caudillos que cambian las leyes que les prohíben la reelección para quedarse indefinidamente.
Debe ser difícil dejar el poder y reconocer la hora de la retirada. La historia de don Juan Carlos muestra que hasta el Rey más amado de Europa puede terminar como un simple cazador de elefantes.