Rodrigo Fierro

El Quetzal

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 2
Triste 2
Indiferente 0
Sorprendido 3
Contento 57

Debió haber quedado constancia en el último códice maya (los más fueron quemados por disposición de un obispo), que en la batalla decisiva se encontraron frente a frente Tecún Umán y Pedro de Alvarado. El maya-quiché a cuerpo descubierto, lanza en ristre. El castellano en brioso corcel, peto, morrión y espada larga. De un lanzazo cayó el caballo, otro dio en el peto y resbaló. La espada pronta de don Pedro dio cuenta del rey de los maya-quiché. Fue cuando, cuenta la leyenda, un quetzal de cola larga, plumas de un verde brillante, aterrizó y su pecho quedó teñido de rojo con la sangre del vencido. Desde entonces verde y rojo son sus colores: tierra y sangre; muere si es llevado a cautiverio. Es la historia del pueblo maya-quiché de Guatemala.

De no creer la historia agraria de Guatemala. En el marco de un precioso espacio geográfico, volcánico es verdad, señores de vidas y haciendas que no les cabía en la mente que también a los indios les asistía el derecho a contar con tierras de labranza, sus milpas, en donde producir su maíz, continuar existiendo. Duros los poderes fácticos en Guatemala. Poderoso el contubernio entre oligarquía y fuerza pública. Fue con Ríos Montt, llevado a la Jefatura del Estado, que 60 mil indios fueron masacrados: un genocidio. Tierra y sangre.

En los claustros universitarios, igual confrontación. Estuve unas semanas en la Universidad de San Carlos de Guatemala como consultor enviado por la Organización Panamericana y de la Organización Mundial de la Salud, en un programa de investigación biomédica. Entre los profesores, que fue con quienes traté, posiciones irreconciliables en lo político; visiones de la realidad guatemalteca tan contrapuestas como que me parecía que se referían a dos países distintos. Fueron expertos guatemaltecos del Instituto de Nutrición de Centroamérica y Panamá los que se empeñaron a fondo para que su país contara con sal yodada. La deficiencia de yodo era otro de los caballos del apocalipsis del indio guatemalteco, igual, exactamente igual, a lo que ocurría y ocurre en la región andina.

Guatemala fue el primer país latinoamericano que contó con sal yodada. No llegó a ser una política de Estado. El ejemplar programa de prevención de los desórdenes por deficiencia de yodo murió de consunción. Los gobernantes guatemaltecos estaban para otras cosas. Impunidad, corrupción, la justicia comprometida con quienes tienen el poder.

Qué admirable lo sucedido en la patria del Quetzal. Ríos Montt en el banquillo de los acusados por genocida. ‘El señor Presidente’ (¿recuerdan la novela del Nobel guatemalteco M.A. Asturias?), Otto Pérez, destituido y llevado a prisión por atracador de fondos públicos. ¡Que tiemblen los que quedan! Los recursos morales de los pueblos latinoamericanos están obrando portentos, inimaginables hasta hace poco.
Ninguno de nuestros países es inviable.