Fabián Corral

La procesión

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1 de April de 2013 00:01

El Ecuador es un país de procesiones. Quito, Riobamba, Guayaquil, Cuenca, Loja, cada cual tiene su procesión, su patrono, su Virgen. Y no se diga los pueblos, cuyos nombres están vinculados con los del patrono, protector o santo. Y no se olvide la cantidad de regiones de la Sierra y de la Costa que llevan nombres religiosos, y la enormidad de los franciscos, santiagos, mercedes y más que designan a las ciudades y haciendas. Herencia española, sin duda, que pone en evidencia la potente influencia de la religión en la formación de las naciones, en la estructura de las sociedades, en el tejido de las costumbres, incluso, en la índole de las fiestas. Por eso, talvez, en tiempos coloniales se decía que Quito era un convento, Bogotá una universidad y Lima un cuartel.

Hacia a los años setenta, cuando al mundo le fue ganando el escepticismo y en la época en que las élites apostaron a los dioses de la ideología, la política y el mercado, parecía que procesiones, imágenes y peregrinaciones iniciarían un veloz declive, y que pronto las navidades, viernes santos y otras conmemoraciones serían apenas recuerdo, o quizá, memoria para reflexiones sociológicas o suspiros históricos. Parecía que toda la parafernalia religiosa desaparecería sin posibilidad de retorno, y que el pueblo sería un ente neutro, consumidor eficiente y materia prima lista para que ideologías y propaganda le moldeen a su gusto. Pero, no. Al parecer, ese pronóstico falló.

El renacimiento de la religiosidad, y con ella, la reivindicación de ritos, procesiones y otras costumbres, al menos en América Latina, es un hecho evidente que pone en entredicho todas las anticipaciones, adivinanzas y especulaciones que se hicieron en torno al mundo ideal, fundado en la ciencia, la racionalidad pura, la información y la globalización; un mundo al menos agnóstico, cuando no francamente ateo y, además, combativo contra todo lo que huela a incensario, sacristía o cultura que tenga alguna connotación clerical.

Paradójicamente, el resurgimiento de la religiosidad popular y la multiplicación de sectas, grupos, comunidades de oración, etc. ocurre al mismo tiempo en que las grandes instituciones, como la Iglesia Católica, enfrentan una seria crisis que incluye a la fe y a la credibilidad de los oficiantes de los ritos. Esto sucede en coincidencia con los escándalos derivados de las prácticas inauditas de algunos frailes descarriados e hipócritas. Curiosa paradoja: instituciones en crisis y gentes buscando otros modos de vivir la dimensión religiosa de sus vidas.

La Semana Santa inundó las calles de las ciudades y los pueblos con esta institución popular, casi ignorada por la historiografía y la sociología, como es la procesión. Y no faltaron los fanatismos, los sentimentalismos desbordados, y una reiteración asombrosa de aquella fe del carbonero, cuya mejor imagen es la de la indígena desvalida adorando a su dios a la luz de la vela, en la pobrísima iglesia de la aldea.