Susana Cordero de Espinosa

Presunciones sobre la sencillez

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Hablaba de la sencillez, con alguien muy querido. ¿En qué consiste esta virtud, por qué la alabamos y admiramos a tal punto que, cuando hablamos de una persona ‘importante’ (relativamente importante, gracias a nuestra efímera condición), destacamos como virtud encomiable su sencillez, o, como grave defecto, su presunción? ¡Es tan sencillo!, decimos, como el mejor colofón a nuestras lisonjas. O ¡la pobre es insoportable!, para expresar que se cree la mamá de Tarzán…

‘Creerse’, forma pronominal de ‘creer’ tan usada entre nosotros, ¡no se halla en el diccionario oficial!; no está en él alusión a ‘creerse’ como ‘imaginarse alguien superior a los demás’. Pero en el Diccionario de americanismos (DA) encontramos ‘creerse la divina garza’, ‘creerse la divina papaya’, ‘creerse el que inventó la orilla azul de la bacinica’, y como treinta dichos de similar sentido, muchos con alusiones sexuales, excrementicias o incluso mortuorias. Para mí, la de la bacinilla tiene particular encanto: ¿han visto las viejas bacinillas de hierro enlozado, blancas con orilla azul? Hoy, para ver alguna, vayamos a los almacenes de la Veinticuatro o a algún museo que reproduzca con sencillez la antigua vida cotidiana de los ciudadanos, porque si se quiso reproducirla en sus grandezas, se habrá desterrado la bacinilla, en menoscabo de la antigua, corriente y moliente verdad a la que siempre volvemos.

Si ni uno de los dichos del DA viene de la madre España, ¿no hay allá individuos que ‘se creen la muerte’, como dicen en Chile de quien se cree ‘único’ en algo? No: todos, en el mundo entero, adolecemos de engreimiento, presunción, vanidad, arrogancia y afectación, pero si, al menos, admiramos la gracia de la sencillez, no caeremos en lo peor del engreimiento, que es basar nuestro valor, precisamente, en la arrogancia odiosa y torpe.

He conocido y tratado, por suerte, a gente valiosa de verdad: lo prueban en su trabajo, su bondad, su dominio de ciertas materias, su arte; tuve maestros excepcionales en la vieja y querida PUCE de los sesenta, y alumnos valiosos con quienes conservo gratísima amistad; he tenido el privilegio de tratar a verdaderos sabios en cada academia; he estimado a gente que aúna a su trabajo intelectual, comprensión y apertura, y he asumido sin asombro que su naturalidad, su amable acogida, su afecto, en tantos casos, eran connaturales a su sabiduría. Nunca me he puesto a admirar su sencillez: no era nada añadido, venía dada, era así. Y aunque también he conocido ‘sabios’ vanidosos y petulantes, a la convicción de su ‘superioridad’ he dedicado un sentimiento que no es la compasión, sino el humor, la ironía porque la prepotencia, cuando no hiere, da risa; no en vano la ironía fue, en la antigua Grecia, un método de conocimiento.

Ahora les debo la frase del académico de la RAE don José Manuel Sánchez Ron, de la que surgió este artículo: «En la ciencia, la verdad siempre es transitoria”. Si lo es la verdad científica ¿qué crédito dar a nuestras vanidosas e inermes ‘verdades’?

scordero@elcomercio.org