Alexandra Kennedy-Troya

Política y espiritualidad

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En muchos momentos de la vida tengo la sensación de que esta se teje ajena a nosotros, a nuestros núcleos. Me pregunto constantemente qué pasaría si nos despojásemos de todo lo que nos hace ser modernos y exitosos.

Y así, llevada por los recuerdos rememorados de las guerras mundiales, leo las atroces descripciones del psiquiatra judío Viktor E. Frankl, vienés, sobreviviente a tres campos de concentración. En su ya clásico libro “El hombre en busca del sentido último”, narra la vida deshumanizada a las que los nazis sometieron a los prisioneros. ¿Cómo seguir viviendo en un estado de desolación, desconsuelo y desesperanza? Frankl por aquellos años trata pacientes compañeros de infortunio e inventa la Logoterapia, teoría que parte del hecho de que lo que mueve al ser humano no es el placer, sino la búsqueda del significado profundo de la vida, de su dimensión espiritual.

Por la misma línea actúa el teólogo indio y psicoterapeuta, el jesuita Anthony de Mello, que si bien parte de su entorno como sacerdote, dará un enorme paso en romper con las limitaciones impuestas por la Iglesia Católica, incorporará los principios de otras religiones, además de aquellas ligadas a la tradición judeocristiana. Hará su trabajo espiritual sin importar si el interlocutor es ateo o agnóstico declarados. Lo que le interesa es –al igual que Frankl- la dimensión espiritual del ser humano despojado de las limitaciones impuestas por el hábito de ser y hacer.

La diferencia entre ambos radica en que el campo psiquiátrico cobija a Frankl y su Logoterapia aún practicada, en tanto que el minado campo institucional de la Iglesia a la que pertenece de Mello, descalifica sus escritos en 1998 y los declara incompatibles con la fe católica. El autor de esta movida, el entonces cardenal Ratzinger, político, presidía la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Por extensión me pregunto –paralizada por los 43 desaparecidos de Iguala- ¿qué pasaría si dejásemos de escuchar la voz y admitir las acciones de políticos malpensando y malactuando por nosotros? ¿Qué pasaría si resolviésemos vivir a plenitud nuestras propias dimensiones espirituales? ¿Si revirtiésemos los que nos hace ser mezquinos y oportunistas? Nos hemos vendido al capital, al acumulamiento insensato de bienes, a trabajos que nos devoran, amigos virtuales que no están.

Nos hemos dejado atrapar por el confort y cobijo de la vida moderna aliada a la violencia del Estado, a grupos privados que han monopolizado la tenencia de capitales, a una supuesta democracia no participativa en lo absoluto y a redes de comunicación que corroboran lo anterior. ¿Es que la dimensión espiritual del ser humano ha perdido vigencia? ¿No es esta nuestra única y última arma?

akennedy@elcomercio.org