Juan Esteban Constaín

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‘Yo nací en el periodismo...”, respondió una vez cuando le preguntaron que cuándo y cómo se había iniciado en el mejor oficio del mundo. Debía de tener 17 años y salió de clase del colegio y se fue para el periódico que acababa de fundar su papá; su “padre”, como siempre le dijo. Allí se encontró con el papel, con el olor de la tinta, con el rugido de los linotipos recién prendidos, con la risa de sus colegas justo antes del cierre: un mundo que desde ese día sería para siempre el suyo, hasta el último día de su vida, ese jueves en que lo mataron.
Su segundo artículo fue un escalofriante informe, basado en notas de viaje de André Gide por la URSS, sobre los horrores y las purgas del estalinismo: fue su primer libro.

Desde muy joven, aprendió a hacerlo todo en el oficio, y dicen los que estuvieron a su lado que era capaz de montar y cerrar un periódico entero él solo, desde la primera página, cuya diagramación le fascinaba, hasta la última, pasando por los avisos clasificados, deportes, la crónica social y aun la caricatura, pues además era un gran dibujante. Maestro de la titulación (escribió un manual sobre eso; una joya que sus discípulos atesoran), decía que el periodismo es el arte de repensarlo todo, todos los días.

La suya fue una época dura y combativa en la que era obligatorio tomar partido, y él lo hizo sin dobleces ni temores; con los excesos propios de todos los que en ese viejo país, de lado y lado, creían que la política era una guerra y que el contrario no era el contrario, sino el enemigo. Pero así eran casi todos entonces, aun los que luego descargaron solo en él la terrible herencia del sectarismo y la violencia, la herencia patria. Es que “le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir”.

Nadie, ni sus enemigos que nunca le perdonaron ser quien era, nadie podría negar su evolución y madurez: las cicatrices que la vida le fue dejando y que con el tiempo lo hicieron abandonar su militancia e intemperancia juveniles para convertirse hasta el final en un verdadero pensador, un rebelde. Quizás por eso lo derrotaban siempre: porque al final nada hay más solitario que la lucidez, nada sirve menos que tener la razón antes de tiempo.

Los revolucionarios de verdad suelen fracasar, y esa es su gran victoria. Porque además era sobre todo un artista, no un político. Cuando lo secuestraron escribió: “Ser abatido por ráfagas de ametralladora, como parecía ser mi suerte, no debía considerarse como un infortunio singular. Quizás no era ‘un bel morir’, como lo reclamaba Segismundo Malatesta, pero en las actuales circunstancias del país y del mundo, una muerte así podía no ser un sacrificio inútil...”.

Desde 1992, en su periódico, dijo que el problema de Colombia era “el régimen”. No el Gobierno, ni la mafia, ni la guerrilla, ni las cortes, ni el Estado, no, sino todo eso junto y pervertido: un tupido e indestructible amasijo de intereses que se habían enquistado en el poder.

Se llamaba Álvaro Gómez Hurtado: un periodista y un profesor que, como tantos en este país, fue asesinado hace 19 años.