Flavio Paredes

El peor encuentro de la calle virtual con la real

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Además de ser manifestaciones de hartazgo o de devoción, si algo han mostrado las marchas hasta ahora ha sido la movilización hacia la calle de tanto activista de pantalla y teclado. Cuando un aura de autosatisfacción amenazaba con instalarse en los usuarios de las redes sociales, lo ocurrido en la av. De los Shyris ha propuesto que las acciones en la realidad son más que necesarias y que el ánimo de lucha social perdura más allá de la ilusión de la hiperconectividad.

En algo recuerda cómo las convocatorias de la ‘Primavera Árabe’ o el movimiento de los Indignados se soportaron en las TIC.
Sin embargo se ve cada cosa. Las redes sociales, vehículos tan espontáneos como inorgánicos, han convocado a las personas y, a la vez, han dado un espacio paralelo a las marchas y a la confrontación: un espejo múltiple que ha servido para la denuncia con imágenes y audios, y para el meme burlón y cuestionador. Ha habido de todo: el uso de la ironía -fina, como lo exige- y otras ‘reflexiones’ que, intentando ser inteligentes, terminan como grotescos ejemplos de aversión, incoherencia o complejo, disfrazados de lucha de clases.

Para el grito y para el tuit ha primado el impulso visceral. Una fuerza liberadora de la rabia contenida, ante la imposición y el oído sordo del poder, se ha expresado con tan mal tino, que ha derivado en un Facebook vomitivo, plagado de reacciones violentas.

En esta, su peor cara, las redes sociales han demostrado que la ideología dejó de ser convicción, para ser prejuicio y pretexto para acabar al vecino o al excompañero... Agresión de parte y parte, borregos, pelucones, sanducheros y vendepatrias cayendo como aguacero y todo postulado desde la básica proclama de “yo y solo yo tengo la razón”. Tal es la polarización de nuestro país. 
Tal, el modelo que nos gobierna.

Finalmente, el activismo de la calle virtual se ha encontrado con la vía de la manifestación real, pero esta ‘Y’ se ha pavimentado con lo peor de la mezcla: agresividad desde el odio y la falta de argumentos. Habrá quienes prefieran el silencio, cauto, pero cómplice.