Fabián Corral

La peligrosa tarea de leer

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Desde que el fanatismo imaginó el Índex de la Iglesia Católica, desde los tiempos en que se inventó la noción de hereje, desde cuando surgió la idea de santificar ciertos dogmas y de descalificar a las disidencias, las tareas de escribir y de leer han sido riesgosas.

El tema es una constante de la historia. Ha renacido bajo los fundamentalismos religiosos, al ritmo de dictaduras de derechas y de izquierdas, y al amparo de poderes fácticos encubiertos, incluso tras la máscara de la democracia.

La afición a leer buenos libros ha sido peligrosa, porque la lectura, salvo puntuales excepciones, hace pensar y, casi siempre, pone en cuestión a los dogmas, porque el verdadero lector se vuelve crítico, impermeable a la propaganda y suspicaz ante el poder.

El lector –no el coleccionista de libros- se distancia de la masa, sospecha del discurso, no es persona que desfila y aplaude, peor aún si aplaudir es adherir a la tontería y avalar la simplificación.

Además, los auténticos lectores se ocupan de temas radicalmente diferentes de aquellos que están en el centro del torbellino de la vida pública. Incurren, con frecuencia, en el “pecado de escepticismo”, y eso implica volverle las espaldas al lugar común y a la mentira admitida.

Eso significa ser diferente.
El lector -no digo el intelectual, concepto que se ha devaluado, y que ya no sé qué significa- no aspira a ser popular.

Quiere que le dejen en paz para ejercer su afición, descubrir el mundo en sus libros, hilar los argumentos de la lógica o dejarse llevar por la imaginación, o revivir la historia y mirar las cosas en perspectiva crítica.

El lector es un observador que tiene alto aprecio por la intimidad y otro tanto por el silencio, de allí que las librerías al uso, metidas en centros comerciales bulliciosos y fandangueros, no sean lugares apropiados para tal suerte de personajes.

Allí no hay silencio, no hay libreros, y no son sitios para estar, hojear y divagar: son lugares exclusivos para comprar, aunque sea al apuro.

Acabo de leer ‘La Historia Universal de la destrucción de libros’ (Fernando Báez, Océano, 2013). Allí se cuenta cómo pensar y leer han sido tareas sospechosas para todos los poderes; y cómo de controlarlas se han ocupado típicos y acuciosos personajes, con sotanas o sin ellas, siempre en ejercicio del consustancial abuso de sus investiduras.

La destrucción de esas “trincheras del pensamiento” ha ocurrido desde los días de los sumerios, hasta las quemas de libros por nazis, comunistas y dictadores.

Por cierto, no está exento de semejantes riesgos este tiempo nuestro, tormentoso y precario, en que, gracias a la tecnología, es probable que novísimos sabuesos sepan casi todo de algunos tercos que cultivan la escritura, lectura y las ideas.