Susana Cordero de Espinosa

A París en burro

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SUSANA C. DE ESPINOSA
scordero@elcomercio.org

Hasta hace no mucho tiempo, escribir snob, snobismo resultaba muy esnob. Esa impresión se perdió, desde cuando los reales académicos convinieron en aceptarla como palabra del español general y le añadieron la e inicial, aunque, al hacerlo, se quitó a snob, sin proponérselo, su carácter de ‘sigla’ cuya interpretación en francés s de sans y nob de noblesse, queda requetebién en la lengua gala y en español: ‘sin nobleza’. Pero ¿era para tanto?

Tal vez ‘sin nobleza’ no se refería al proceder de una persona, ni ponía énfasis en el ámbito moral: solo reconocía que el esnob no pertenecía a las clases ‘nobles’, como se infiere al leer la acepción del DILE: esnob, ‘persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos’. Y esnobismo significa ‘cualidad de esnob’. El sentido que da a snob el Larousse francés: “admiración por todo lo que está de moda en los medios considerados distinguidos”, nos permite observar cómo los hispanohablantes, bastante más suspicaces o maliciosos, atribuimos al esnob, no solamente la admiración por cuando se halla en boga, sino el afán de imitar aquello que los distinguidos viven, cumplen, celebran, ¡compran!…

Pero no siempre lo distinguido deslumbra o se imita. En 1906, un escritor español aristocrático y republicano, Rodrigo Soriano Barroeta-Aldamar, apoyó la singular iniciativa de dos redactores de “España Nueva”, batallador diario madrileño de la noche que aquel fundó y dirigió: los periodistas Carlos Cruselles y Javier Bueno emprendieron un viaje a París en burro, a fin de poner en ridículo a los esnobs franceses, admiradores ciegos del inicio del automovilismo. Rodrigo Soriano los acompañó hasta la mismísima montañosa frontera… En “España Nueva” se publicaba, a manera de folletín satírico, el diario del viaje, y sus ediciones obtuvieron tan notable éxito, que se multiplicó la ya crecida tirada cotidiana. La expresión A París en burro permaneció para aludir a todo viaje quimérico o pintoresco.

“El andar tierras y comunicar con gentes hace a los hombres discretos”, afirmó Cervantes: Si cada jornada corriente y moliente nos vuelve otros, ante usos y costumbres distantes nuestra experiencia se enriquece y se dilata nuestra sensibilidad: paisaje, arte y creación de tantos pueblos multiplican por mil el vigor cotidiano. Ir a París en burro habría querido, sin intención satírica, el abuelo cuencano al cual el ferrocarril escandalizó porque en él “no se viaja: uno es expedido”. El privilegio de los viajes largos y pacientes de entonces, la lentitud del paso de las amables bestias, la charla con los lugareños, siempre dispuestos a recibir al extraño; los cambios lentos y perceptibles de vegetación, ríos, quebradas, colores; las luces del cielo confortaban el corazón, que adoptaba cada minuto nuevo como nueva riqueza.

Todo esto, a propósito del hermoso discurso que pronunció el académico de la lengua Fabián Corral, viajero por el mundo americano a la lenta y antigua manera, en su promoción a miembro de número de la Academia Ecuatoriana, a la cual me fue imposible asistir, porque fui expedida hacia Madrid, en esos mismos días.