Roque Morán Latorre

Francisco, directo y claro

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‘No es que viene papá Noel” -palabras de un amigo al referirse a la algarabía que desborda la visita del papa Francisco- “¡Es la venida del Vicario de Cristo, es el representante Suyo en la Tierra!”. No solo es sentimiento, alegría y fiesta, sino oportunidad incomparable de prepararnos para intentar mejorar nuestras vidas y de las que nos rodean.

Con anómalas excepciones, el Sumo Pontífice –este y los que hemos conocido- es aceptado, aquí y en el mundo entero, cual líder indiscutible con excelsa calidad moral y sabiduría, por lo que su criterio es esperado y atendido, cualquiera sea el tema al que se refiera; pero no es solo su categoría humana la que, con oportunidad y acierto, trasluce enseñanza, es el Espíritu Santo, ese ilustre desconocido, quien se manifiesta a través del Papa, marcando una ruta clara, con señales lúcidas, develando la oscuridad que abisma, que seduce entre lo terreno y lo superfluo.

Hemos visto que algunos sacan de contexto palabras del Santo Padre, de acuerdo a situaciones de conveniencia personalísima, e intentan poner en su boca pensamientos que, sin percatarse del todo, extraen frases aisladas, que les suenan bonitas, pero que, cuando logran ir un poquito más allá, les estorba, les hastía, porque existe, aunque dormida, una conciencia que les demanda rectitud de actuación.

Cuánta pena escuchar aquello de “católicos practicantes” y “católicos no practicantes”. Ventajosamente -o dolorosamente- o se es, o no se es católico, no hay medias tintas. Qué cómodo resulta declararse “católico no practicante”: para lo que me conviene, sí soy y, para lo que no me conviene, no lo soy o no estoy de acuerdo. Tan voluble el ser humano, proclive a la comodidad y a la pereza espiritual; hemos experimentado, en varios encuentros, con públicos de distintas jerarquías culturales y sociales, ante la pregunta “¿quiénes de aquí son católicos, podrían levantar la mano?”, excepcionales son los que dejan sus manos bajas, casi todos se dicen católicos.

Pero, seguidamente, cuando se sondea: “¿quiénes, de los que se declaran católicos, leen la Biblia, siguen el Magisterio de la Iglesia y a la Sagrada Tradición?” Son pocos los que responden que sí… Y, sin embargo, estas tres constituyen las fuentes inagotables de nuestra doctrina católica.

Erial y apatía, mediocridad y dejadez, penoso constatar que somos católicos solo de nombre, con fe, sí, gracias a Dios, pero esa fe gime ser nutrida para no morir de inanición. ¿Cómo alimentarla? Con los Sacramentos, en especial con la Confesión y la Eucaristía, que constituyen la savia, como los árboles se nutren de ella, así, estos sacramentos alimentan el alma de un católico.

Depende de cada una, de cada uno: la llegada de Francisco puede ser, o una emocionante experiencia o un remezón, para tomarse en serio la eternidad.