Alfredo Negrete

¿De quién es el papa Francisco?

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La respuesta es fácil. Espiritualmente es de todos los católicos y de los ciudadanos del mundo de buena voluntad, sin perjuicio de un credo religioso en particular. Sin embargo, cuando interviene la política las cosas pueden variar si la iniciativa nace de los actores y no desde el Vaticano.

Por razones religiosas o estrategia de imagen, el Alcalde quiteño visitó al jefe de la Iglesia Católica en su sede. Esto sucedió cuando solo estaba confirmada la visita del Papa a Quito.

Luego, se produjo un cambio de la agenda pontificia y se decidió que su itinerario –aunque por pocas horas- se iniciara en Guayaquil, Algo falló en la programación, pues la ciudad de Guayaquil es percibida como el centro actual de la catolicidad más militante del país. Como arzobispo de Buenos Aires, visitó la ciudad y con el colegio Javier logró un convenio de cooperación académica y públicamente expresó su deseode bendecir a su amigo el sacerdote jesuita Francisco Cortez, exrector de ese colegio.

No han pesado estos importantes antecedentes y referentes y el Papa hará solo una escala técnico–espiritual en Guayaquil. Finalmente desde Carondelet se anunció que el Jefe de Estado efectuará una visita a la Santa Sede. Como se observa, a escala nacional, políticamente el Papa es de todos.

La Iglesia Católica por siglos es experta en política y diplomacia. En los tiempos contemporáneos se ha caracterizado por iniciativas de enorme relevancia histórica. Se pueden destacar como grandes hitos los realizados por parte de León XIII con la expedición de la encíclica Rerum Novarum en 1891, de Pío XI con Cuadragesimo Anno en 1931 y de Juan XXIII con Pacen In Terris en 1963. También es importante reseñar algunos hechos históricos protagonizados o conducidos por el Obispo de Roma en la historia contemporánea.

Muy poco hubiera avanzado el movimiento Solidaridad sin el impulso y la fe bizarra de Juan Pablo II para la liberación de Polonia y otros países del Este europeo. En el continente americano tampoco podrá olvidarse la visita de ese pontífice al Chile de Pinochet, en abril de 1987 y su mensaje aspirando a nuevos escenarios, preludio del regreso a la democracia. Fue dramático el encuentro con los jóvenes en el Estadio Nacional de Santiago, donde se refirió a ese sitio como un “lugar de competiciones, pero también del dolor y sufrimiento”. Sobre el césped, el Papa trazó la señal de la cruz, “para que desde aquí broten la paz y la reconciliación”.

Es difícil vaticinar sobre el mensaje del papa Francisco. Él y sus asesores estarán conscientes de que algunos pretendientes del poder indefinido o alterno querrán un certificado de una bendición especial, pero no son tan incautos. Ojalá que el mensaje de unidad sea sustituido por uno en que proclame el encuentro en un país que disfruta de la confrontación como sesgo de coraje y rebeldía.

anegrete@elcomercio.org