Gonzalo Maldonado

Pancho Segura, titán

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En los deportes individuales, como el box o el tenis, eres tú contra un oponente. No hay un equipo al que puedas echar la culpa de tus errores pero tampoco debes compartir los laureles cuando ganas. Ambos son deportes tan individualistas que sacan a la luz lo mejor y lo peor de ti, cuando los practicas.

Pero el tenis resalta más las virtudes y debilidades del jugador porque es casi imposible hacer trampa, en los campeonatos profesionales. Cada punto ganado o perdido es corroborado por jueces, cámaras de video y por el público. Cada bola perdida o ganada queda indeleblemente registrada, para la miseria o para la gloria del tenista.

En el tenis, el jugador debe aprender a reflexionar a pesar de la fatiga, el dolor físico o la frustración porque es un deporte tan estratégico como el ajedrez. Por eso, en el tenis, la fortaleza mental es más importante que la física. Ganar eficazmente, es decir empleando la fuerza justa y el mejor golpe que requiera la jugada, es difícil. Hacerlo sistemáticamente es aún más complicado, sobre todo si el jugador tiene desventajas naturales como ser corto de estatura. Por eso uno se asombra cuando mira el récord de Pancho Segura, el mejor tenista de la historia ecuatoriana.

Por sus orígenes humildes, Segura debió estar condenado al fracaso deportivo: de niño sufrió de raquitismo y contrajo malaria. Llegó a medir apenas 1,6 metros y era patizambo, una condición desfavorable para un tenista que necesita correr explosivamente para llegar a una bola que aterrice en un rincón lejano de su cancha. (Se ha dicho que Segura empezó a jugar con pantalón largo para no exponer en público sus piernas excesivamente arqueadas).

El famoso golpe de revés a dos manos –práctica común entre la mayoría de jugadores de hoy– fue una invención de Segura. La raqueta –de madera, en aquella época– le resultaba tan pesada que aprendió ayudarse con su brazo izquierdo para empujarla hacia delante y golpear.

Segura llegó a los EE.UU., con apenas 19 años, invitado por la Universidad de Miami, sin saber una palabra de inglés ni nada que no fuera jugar al tenis, me atrevería a decir. Aún así, su talento natural le hizo brillar rápidamente. Por ejemplo, durante 4 años seguidos alcanzó las semifinales del Campeonato Nacional de Tenis de los EE.UU., un torneo similar a lo que hoy es el US Open. Este y otros triunfos le valieron su inclusión en el “Salón Internacional de la Fama del Tenis”.

Tras su retiro se hizo entrenador. Su pupilo más exitoso fue Jimmy Connors, quien reconoció en Segura a su “amigo, entrenador y mentor”, en un tweet de la semana pasada. La muerte, a los 96 años, de este titán del tenis –y de la vida– nos deja, a quienes somos aficionados a este deporte, un legado enorme sobre las posibilidades del espíritu humano.