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¡Salir de estos años aciagos; de las noticias que han abrumado y abruman todavía casi cuatro mil días de nuestras entrañas, con datos inverosímiles de tan horriblemente reales! ‘Nos gobierna una mafia’, decía, saturado de escándalo, un valioso médico ecuatoriano. Olvidar correas, vidrios, insultos, espionajes, salir con bien de este ámbito de robo, odio, cinismo, desvergüenza; prescindir de noticias que reproducen mil veces lo que ¡Dios así lo quiera!, se halla en trance de desaparecer…

Que otros denuncien y analicen los motivos de nuestra náusea. Hoy me esfuerzo por imaginar que el sentido común, el que la gran Teresa de Ávila calificaba como ‘el menos común de los sentidos’ y que es, sin embargo, virtud típica de la mujer pobre y trabajadora de nuestro pueblo, volverá a regir entre nosotros; en que nos libraremos de la ignominia a que asistimos.

La casualidad me entregó ayer, entre papeles viejos, las palabras de alguien que conoce las debilidades propias y las del mundo, que se ocupa de sus amigos, de sus padres, de su hermanito menor; que sale y entra y contempla la vida, y desea para todos, sin cursilería ni sentimentalismos, el bien, la bondad verdadera. Sus reflexiones son humildes y sabias –el conocimiento, para volverse sabiduría, tiene que ser humilde-; todo lo piensa con humor sereno, no exento de un ápice de tristeza, de esa miga de escepticismo que tiñe ¡deo gratias!, toda ilusión humana.

Enciende el televisor y asoma un joven guapo y bien puesto para brindar al espectador amplias sugerencias de cambio: “Y cambie, cambie, ingrese a la ultramoderna línea de cocinas, lavarropas, heladeras, calefones, secarropas, acondicionadores de aire, televisores, licuadoras, electro-exprimidoras, enceradoras, aspiradoras, radio, graba… ¡Cambie, cambie!…

Sin indignarse por semejante letanía, apaga el aparato y piensa: (grábelo en usted, lector, que le hará bien): ‘Y cuando la sociedad de consumo llegue a la saciedad de consumo, ¿qué?’.

Saciedad, sociedad. ¿No estamos en ello?
Soñar en que se hayan saciado los socios y, hartos, al menos algunos, declaren lo que saben; en que la ‘justicia’ obre en consecuencia. Soñar en que se dé la consulta popular con pocas y esenciales preguntas…

En que desaparezcan los socios del Consejo de Participación Ciudadana –nombres, puros nombres de mentira-. En que la amenaza de la elección indefinida deje de pender sobre nuestros pueblos, y ortegas y maduros y correas y tanto psicópata megalómano que se cree eterno, se sacie de sí mismo, y deje de amenazarnos su repulsiva presencia. Sociedad, saciedad…

Soñar en que nuestro pueblo se eduque y saciado y harto de tanta mentira revolucionaria, comprenda que el populismo lleva al despeñadero. Que la democracia auténtica en la que todos tienen la palabra, imperfecta siempre, siempre perfectible, llegue a regir nuestra vida política.

Sociedad, consumo, saciedad. Gracias, Mafalda, por darnos tanto en dos palabras.

scordero@elcomercio.org