Óscar Vela Descalzo

‘Dos años, ocho meses y 28 noches’

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 1
Triste 1
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 18

La lectura compromete no solo a los cinco sentidos y a la mente que los gobierna, sino también otros órganos del cuerpo que, influenciados por las palabras, entre otras manifestaciones, se erizan, tiemblan, retumban, se alteran o se paralizan.

Cuando leí por primera vez ‘Cien años de soledad’, demasiado tiempo atrás, sentí que mi mente se había puesto en alerta máxima y que, de pronto, sin que tuviera control sobre ella, empezaba a dar órdenes extrañas y a revolverlo todo. Entonces descubrí lo que es capaz de provocar la lectura de un buen libro: inspiración, alegría, desazón, satisfacción, excitación, enseñanzas, realidades, temores, rabia, angustia, fantasía...
A lo largo del tiempo, por fortuna, volví a sentir todas esas emociones, a veces juntas, a veces dispersas en obras literarias de distintos autores, y he comprendido con mayor nitidez que el punto de distinción entre una obra maestra y todo lo demás que se ha escrito, se encuentra en el cúmulo de sensaciones que un gran libro despierta entre los lectores.

Acabo de terminar la lectura de la nueva novela del escritor indio Salman Rushdie, ‘Dos años, ocho meses y veintiocho noches’, y con ella me pasó algo parecido a lo que me sucedió la primera ocasión con la magistral novela de Gabriel García Márquez. Y esto no significa que los dos libros tengan algo en común, pues no lo tienen en absoluto, pero ambos son capaces de llevar al lector a otra dimensión emocional. Posiblemente ahí se encuentre la razón de su grandeza.

Esta nueva historia de Rushdie, un homenaje a los enigmáticos cuentos de ‘Las mil y una noches’, se sitúa en un futuro muy cercano, en distintos lugares del planeta que sufre una generalizada y catastrófica tormenta. Allí, sus personajes descubren, por ejemplo, que la ley de gravedad no es absoluta, que los corruptos e impuros pueden ser descubiertos por unas extrañas manchas que brotan en su piel, que los rayos de la tormenta pueden quitar la vida a las personas pero también garantizarles la eternidad; que el universo de otros seres no humanos es capaz de fusionarse con el nuestro y ocasionar de este modo el caos, pero también podría generar lazos de amor que trascienden todo lo que sabemos sobre el tiempo y el espacio.

Durante dos años, ocho meses y veintiocho noches, es decir, durante mil y una noches exactas, el mundo conocerá el verdadero sentido de la magia y la fantasía, la real dimensión de Dios, el significado oculto de la reencarnación o la transmutación, la atemporalidad del amor terrenal, pero también reconocerá allí los rasgos del fanatismo, la locura y la perversión.

La novela de Rushdie tiene pasajes magníficos que envuelven al lector en un estado de catarsis, una suerte de breve ensoñación que, por un lado alegra y purifica el espíritu, pero por otro lo convierte en un exiliado frente a esa enorme cantidad de personas que no leen, que nunca han leído y que jamás podrán sentir el inmenso placer de la lectura.