Rodrigo Fierro

Ora pro nobis

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Carlos Daniel Valcárcel (1911-2007) fue un ilustre historiador, apasionado por lo que para él fue la Arcadia de su Perú, el Mundo Andino. Epopeya de adaptación del hombre a un hábitat de desafíos imponderables. Como si hubiera sido la reencarnación de un amauta del Tahuantinsuyo a Valcárcel, le debemos la comprensión de cómo el antiguo peruano llegó a crear una de las diez civilizaciones más importantes que registra la historia. El protagonista, un pueblo atento a los fenómenos de la naturaleza, domesticó plantas y animales. Dominó el recurso más importante, el agua, base de sus cultivos intensivos. Llegó a nutrirse y alimentarse apropiadamente.

A pocos como a Valcárcel les dolió el alma por lo que sucedió con posterioridad a la conquista española. Llegó a soñar más allá de toda posibilidad. Los pueblos andinos debían movilizarse, llegar a Lima y tomar el Palacio de Pizarro. Iniciar así una nueva era, la anunciada por Pachakutek, la del Incarry, el Inca Rey. Ya era tarde. Lo que sí se produjo fue la invasión de Lima por dos millones de indios hambrientos, resultado de la ‘obra social’ de Velasco Alvarado.

Como me asigno el derecho a pensar, a ensayar y ensayar, lo antedicho me vino a la mente en momentos en que los indios de la Conaie llegan a Quito. Se han sumado a la ‘invasión’ indios que ya no visten como indios, unos con visiones políticas obsoletas; algunas delirantes, de solo observar lo que pasa en el resto del mundo, el “ancho y ajeno” de Rosendo Maki. Otros sabiendo lo que hacen.

El desbarajuste, extremo. La historia nos está pasando la factura. El levantamiento indígena lucha por mantenerle con vida al quichua, a los modelos de educación comunitaria; pedagogías, generación de conocimientos y saberes acordes con las realidades culturales (de etnias minúsculas), el libre ingreso a las universidades. En el otro extremo René Ramírez, secretario de Educación Superior, el que mantiene o se ha dejado crecer el guango: “Debemos dejar la mirada parroquial de la universidad”, debemos conectarnos con el mundo, debemos constituirnos en una potencia mundial en desarrollo científico y tecnológico. Ni qué decir tiene que a visiones tan dispares, tan extremas, se añade la de ese porcentaje elevadísimo de analfabetos funcionales que “no saben leer” y tan solo procesan lo que oyen, voces desentonadas, cuando ponen atención.

Estamos pagando caro una historia de inequidades monstruosas, de exclusiones suicidas. Los indios fueron sometidos a situaciones de esclavitud no conocidas en Europa (Jorge Juan, siglo XVIII). Ayer nomás se abolió el huasipungo. La sociedad ecuatoriana no fue producto de la decisión de convivencia entre hombres libres. A los admirables levantamientos indígenas les asiste la historia. Enrique Ayala con ellos.
Santa Marianita de Jesús, ora pro nobis.

rfierro@elcomercio.org