Jorge G. León Trujillo

¿Se puede vivir sin Dios?

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Los no creyentes insisten en que las exigencias de su ética no necesitan de Dios. Imposible, dicen los creyentes, ello más allá de la ‘espiritualidad’ que puede no implicar divinidad alguna. Las religiones pueden diferenciarse por cómo relacionan divinidades, vida práctica e idea de espiritualidad. Es decisiva su idea de nexo entre divinidades y creyentes; y cómo ello incide en la vida corriente. Sin embargo, es la sociedad que los define. Hay pueblos donde los contenidos de religión hacen parte de la cultura e inciden en la vida diaria.

Las religiones en Asia, como el budismo, privilegian no tanto el rito ni la veneración a la divinidad, no es lo prioritario, cuanto una concepción de la vida, por la cual esta vale por una búsqueda de un bien superior que sería la paz interna, una serenidad constante, un equilibrio de cuerpo y mente. Puede traducirse en buscar una alimentación sana, un ritmo de vida ‘equilibrado’, ejercicios para equilibrar el cuerpo, relaciones apacibles con el otro. Esta búsqueda interna reposa más en la persona que en la prescripción de lo que la divinidad exige o esta vale porque encarna esta búsqueda personal. Lo viven creyentes y no creyentes. En Asia, así se encuentra alguno de los ‘buen-vivir’ ahora de moda.

En cambio, en la práctica, en la vida colectiva en estos pueblos tenemos personas que poco o nada muestran interés por la vida pública, y pueden aceptar un orden político autoritario; este haría parte del orden de las cosas del cual todos serían parte, un mundo ‘natural’.

Occidente está asociado con el Cristianismo, pero este puede significar muchas ideas fruto de tendencias y disputas internas, como en toda obra humana, que es muy relativo definir una esencia de los cristianismos. Lo que a veces se pretende sería una de sus características, corresponde más bien a resultados de la lucha política o social.

En contraste con Asia, en Occidente, la lucha social puso a la razón como valor supremo e inventó un potente proyecto colectivo, el de la igualdad social. La igualdad entre los seres humanos terminó por ser un bien supremo lo cual conlleva disputas al poder político, económico o a las jerarquías sociales que tuvieron que cambiar. Todo ello hace que necesariamente la política, la vida colectiva no puede ser definida por minorías, la meta es que la mayoría las defina. La igualdad social sigue siendo una meta poderosa que anima a casi todos los sectores sociales y en los 50-60 llegó a la Iglesia Católica para cambiar la idea de caridad por la Doctrina social de esta Iglesia, entre otros. Hay católicos que viven compromisos sociales pensando que estos son creación de su iglesia, un compromiso con su credo. Los no creyentes los viven, sin este nexo religioso.

Concepciones culturales o sociales religiosas que tienen influencias en la vida diaria son vividas indistintamente por los que tienen dios o no.