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La insistencia en muchas reivindicaciones femeninas me saben a vulgar demagogia, a levadura que intenta hacer leudar los bajos sentimientos, sin provecho real para nosotras.
El 22 de agosto, en diario El País, de Madrid , la escritora mexicana radicada en Nueva York, Valeria Luiselli, publicó un artículo ‘Héroes y tumbas’, título casi homónimo del de la novela de Sábato, en el cual resume la corta historia del precioso panteón mexicano de San Fernando, que abrió sus tumbas, que no sus puertas, a hombres ilustres, hacia 1832 y las cerró alrededor de 1870.

Escandalizada por no haber hallado en el panteón sepulcros que guardaran los restos de damas ilustres, olvida tiempo, espacio y circunstancias, en un país que hasta hoy ostenta el récord de machismo y en un último párrafo, dedicado a la tumba vacía de Isadora Duncan, luego de esbozar la trágica muerte de la bailarina, ocurrida en Niza, escribe:

… “Duncan no murió en la Ciudad de México, sino en Niza (de hecho, jamás pisó tierra mexicana). Tampoco murió en 1928, sino en 1927. El nicho es un falso sepulcro; un hueco rodeado de huesos de políticos y militares; una caja vacía en donde no yacen los restos de la bailarina. Es imposible no leer eso como metáfora de algo. … Por ejemplo: las mujeres notables (notadas) brillan por su ausencia. …, se insertan en el mundo como excepción, nicho, intrusión. Son un vacío, un hueco, un eslabón perdido en la cadena continua de la historia”. Párrafo tan bello como injusto.

Descubrir que en el panteón creado para ‘hombres ilustres’ no hay tumbas de mujeres ilustres es una petición de principio, aunque el que no las haya revele, a la luz de hoy, antiguas injusticias. Porque la crítica ignora u olvida ex profeso que el nicho vacío que ostenta el nombre de la bailarina fue creado en su homenaje para recordarla; y si seguimos interpretando el vacío como una metáfora, diremos que la gracia de una tumba sin cuerpo llama a todos los nombres y a todos los cuerpos, reclama la presencia de todas las mujeres olvidadas, a nombre de Isadora y del espíritu universal de su arte, su desgracia y su ansia de belleza.

Guardando las distancias, este reclamo de doña Valeria Luisella me recuerda la indignación de la señora Kodama, esposa casi póstuma de Borges.

En el bello cementerio de Plainpalais, en Ginebra, vecina de la tumba del genial escritor, hacia arriba y algo a su derecha, según se la mire, se encuentra la tumba de doña Crisélides Real, (1929-2005), cuyas profesiones, para sorpresa de los biempensantes, se exponen orgullosamente: “Escritora, pintora, prostituta”.

Ante la impotente rabia de la señora Kodama, a la que nunca le faltan razones para reclamar o indignarse, imagino la siempre pródiga sonrisa del genial escritor.

Su maravilloso sentido del arte, de la libertad, del respeto a los otros debe hacerle sonreír y quizá reír, ante el ingenuo ataque de celos de doña María, que, dada la vecindad de semejante consorcio, no osa sentirse segura de preservar el amor de su esposo durante toda su aún incipiente eternidad.