Susana Cordero de Espinosa

¿Señor o pieichdi?

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Señor don, señora doña, doblemente ‘señor’ o ‘señora’: dos veces noble y digno quieren decir estos vocativos de origen válido y precioso. Don procede de dominus, señor, y doña, de domina, señora. Señor, por antonomasia, significa ‘Dios’, (¿quién que es, no ha oído o pronunciado, como Pedro: -Señor, no nos dejes; -Señor, te esperamos?). Ya en lo humano, corresponde, por su origen, a quien es dueño de algo, tiene dominio y propiedad en ello. Como adjetivo significa noble, decoroso, ‘propio de señor’.

Así que no hay razón para preferir que se nos llame doctor, ingeniero, médico ¡y hasta pieichdí, ridiculez suprema, ahora que los tales cunden en la patria, brotan como hongos en terreno ajeno y propio, y nadie sabe de dónde, ni de qué, ni cómo, ni cuándo, ni cómo no, ni cómo se redujeron a dos y una tesina los inacabables años que exige la sabiduría!... Como poco o nada sobre lo que somos y valemos dicen los titulitos, aspiremos a ser señores en nuestra profesión y a seguir aprendiendo.

Señor, señora se anteponen al apellido de varón o mujer: Señor Soria, señora González. En estos tiempos de saludable liberación, señora ya no designa solo a la mujer casada; ¿existen todavía mujeres solteras que se ofenden si se las llama señora, como ocurría con las señoritas de antes, tan empeñadas en guardar secretas y dudosas integridades? Señor, señora pueden preceder al cargo que cada uno desempeña: Señor director, Señora diputada, y anteponerse al don o doña que precede al nombre. Señor don Juan Pérez, Señora doña Hilda Ruiz. Es uso popular el de señor junto al nombre de pila, sin apellido: Señora Teresita, Señor Julián. Donoso, donosa proceden de don. Se aplican a quienes tienen donaire y gracia.

Con el donaire y la gracia que le caracterizaban y que destila su precioso Diccionario de ecuatorianismos, don Carlos Joaquín Córdova, exdirector de la Academia de la Lengua, al registrar ‘doña’ en su léxico, se pregunta cómo esta palabra, cuyo significado original, ‘tratamiento respetuoso y elevado que se da a la mujer de categoría’, de alto y fastuoso derivó en degradante, con clara intención peyorativa: “No sabemos desde cuándo se da el título de doña a las indias diciendo doña fulana y hasta es frecuente como sinónimo de india: -llama a la doña’; -ven acá, doñita; -que se vayan las doñas”. Se refiere, por cierto, al tiempo en el cual indio e india ocupaban ínfimo lugar en la escala social.

Mucha agua ha corrido bajo el puente, aunque rezumamos aún rezagos tristes de complejos inútiles y dañinos. ¿Será que los tales ingenieros, economistas, administradores, psicólogos, abogados, toda la caterva de titulados se siente protegida contra viejos prejuicios, colmándose de otros, nuevecitos? Que nunca merezcamos que se nos quiten el señor y el don, remplazados por la falacia del ilusorio pergamino pintado, bajo un vidrio. Que nos conozcan por nuestro hacer y vivir ‘propios de señor’… Pues ser señor don, señora doña, tiene sus exigencias.