Marcelo Ortiz

La reelección presidencial vitalicia

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Unode los elementos fundamentales del populismo, convertido en esencial, es el ejercicio vitalicio del poder político. Por eso, desde su implementación firme en Argentina en la década de los años cuarenta del siglo XX por Juan Domingo Perón, cubrió casi una década. Al morir el general, su esposa María Estela Martínez continuó ejerciéndolo.

Desde hace 9 años, en nuestro país, al llegar el correísmo a la Presidencia de la República, se ha consolidado esa tendencia. Y se la intenta poner vigente y con apariencia de legalidad a finales del 2015, a través de una de las 16 enmiendas constitucionales, aunque precisamente esta, que es la joya de esa corona presidencial ecuatoriana, viola el art. 144, inc. 2º de la Constitución: “El Presidente de la República permanecerá cuatro años en sus funciones y podrá ser reelecto por una sola vez”.

La única vía democrática para cambiar este mandato sería la convocatoria para la integración de una Asamblea Constituyente, y que una mayoría absoluta de sus miembros lo reforme.

A pesar de que esa flagrante violación ya ha sido denunciada por columnistas de la prensa libre, dichas enmiendas siguen el camino que ha trazado el poder presidencial absoluto, y se pondrán en vigencia. Solamente el voto adverso en las elecciones del 2017 cerrará el paso a esa aspiración que se encuentra dentro de la corriente favorable que siguen algunos países como Bolivia, que intenta aprobar una reforma constitucional para la reelección inmediata de Evo Morales, a pesar de que ya ejerce el poder casi 11 años; y como Nicaragua con Daniel Ortega, el exguerrillero adueñado del poder presidencial por un tiempo igual.

Aquella tendencia viene desde la Cuba dictatorial de los hermanos Castro, que en tres años cumplirá sesenta años, y pasó triunfante por Venezuela con el militar golpista Hugo Chávez, que después de 13 años de ejercer la presidencia enfermó de cáncer mortal, y para sustituirle como heredero, antes de morir, dejó el nombre de Nicolás Maduro como el deficiente sucesor de su total confianza, aunque carece de formación profesional universitaria.

Por fin, una evidencia visual o prueba física del real poder ejercido, es la transformación en verdaderos tronos de los sillones presidenciales frente a lujosos escritorios, para que se sientan cómodos los mandatarios aureolados o no con las insignias del poder político, más magnificentes y orgullosos de la soberanía que representan a nombre de sus pueblos. No importan ni toman en cuenta las condiciones reales en que dichos pueblos viven, y que las estadísticas o encuestas no las reflejan, porque producirían escozor visual o lamentos audibles. Y es mejor que ni unos ni otros se presenten para la tranquilidad en el ejercicio del poder.

Lo que importa es la permanencia por tiempo indefinido en el poder, y por eso hay textos bien claros en las constituciones políticas como la que se aprobara en el Ecuador.

mortiz@elcomercio.org