Pablo Cuvi

La vida loca

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pcuvi@elcomercio.org

Cuando el escritor egipcio Naguib Mahfuz acababa de ganar el premio Nobel, a la edad de 77 años, para rematar una larga entrevista sobre su arduo trabajo en más de 50 novelas –entre ellas, ‘El callejón de los milagros’–, un periodista le planteó qué le habría gustado ser si no hubiera sido escritor. Con una sonrisa respondió: “Playboy”. Muchos vecinos suscribirían de mil amores ese deseo, pero tampoco andaba lejos el filósofo ecuatoriano radicado en México, Bolívar Echeverría, cuando le preguntaron qué pensaba hacer con un importante premio de ensayo que ganara en Venezuela. Luego de cancelar unas deudas, dijo que le gustaría llegar en yate a Montecarlo, trajeado de lino blanco, a jugarse lo que sobrara del premio en el mitológico casino. Me encantó oír de ese antídoto cinematográfico para la aridez de los textos marxistas.

Puestos a soltar nombres, un tercero que sabía de estos menesteres, Albert Camus, escribió que todo intelectual (empezando por él mismo) sueña algún rato con ser un gángster: la acción, el peligro, la ruptura de la norma, lo opuesto a pasarse entre libros y papeles, trabajando con palabras e ideas abstractas. También en la ilusión del poder y la fama radicaría el atractivo que ejercen sobre muchos intelectuales audaces los cargos políticos, pues brindan la posibilidad de cambiar súbitamente de vida y realizar deseos y delirios postergados.

Un sicoanalista me contaba que es común en los neuróticos (y todos somos más o menos neuróticos) la fantasía equivocada de que los sujetos perversos son aquellos que realmente disfrutan, se las saben todas en relación con los goces de todo tipo. Eso es lo que envidiaríamos de ellos “porque creemos que es fantástico”. Añadía que muchos de sus pacientes suelen demandar una vida completamente satisfactoria, esa vida loca exacerbada por las noticias, la publicidad, el culto a las celebridades.

Aquí, entre estos fabricantes de ilusiones, se destacan las y los guapos de Hollywood dedicados a encarnar otros destinos en la pantalla, pero también en la realidad, donde nos dan viviendo la vida como debe ser vivida según las revistas del corazón, con autos, joyas y parejas de ensueño, pasando por alto el camello que hay detrás. George Clooney, quien triunfó ya maltoncito gracias a su tesón, confesaba que su acicate en el duro camino a la fama fueron las palabras que pronunció un tío en su lecho de muerte: “What a waist”. No, George no iba a desperdiciar su vida.

Aunque me parezca un actor de sonrisa Colgate, en vísperas del día que consagramos al tajo incesante de la Muerte no está por demás recordar la enseñanza georgiana: nada más triste que despedirnos de este mundo diciendo “qué desperdicio”. Así que ¡pilas, mortales!, lo que tiene que ser que sea ya porque el tiempo juega en contra, la Parca no espera y cualquiera que haya bailado al son de Caballo Viejo sabe que después de esta vida no hay otra oportunidad.