Martín Pallares

Aquí, solo yo confronto

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Que un ciudadano oprimido por cualquier expresión de poder reivindique la confrontación como forma de lucha para reivindicar sus causas, puede ser justo, explicable y lógico. Que un grupo humano marginado por el poder, ya sea del Estado o de la sociedad, recurra a la confrontación para luchar en contra de las injusticias es algo que ha pasado miles de millones de veces y hace parte del motor de la historia de la humanidad.

Pero cuando un Jefe de Estado defiende la confrontación como herramienta de su ejercicio político y denosta la democracia conciliadora porque la califica de conservadora, ahí la cosa es aterradora.

Y más aterrador puede ser para los ecuatorianos si el autor de ese mensaje es su Presidente. En efecto, el 24 de Mayo durante su Informe a la Nación, Rafael Correa hizo una abierta defensa de la confrontación como herramienta de gobierno. “Parecería que no hubiese motivo para la confrontación. Nos quieren imponer la política light, la política de mostrador. Nos quieren hacer creer que la política democrática es necesariamente la política del consenso”, dijo durante su informe para luego agregar, entre otras cosas, que “la democracia del consenso es una posición profundamente conservadora”.

Correa olvida o ignora deliberadamente, que una cosa es reivindicar la confrontación como herramienta de la lucha social y otra es hacerlo desde el poder. Muy diferente es confrontar desde la sociedad y otra desde el poder porque quien controla el Estado tiene el monopolio de la fuerza. Lanzar argumentos como este, con el agravante de que se lo hace durante un acto ceremonial, no solo es amenazador sino particularmente peligroso.

El tema se vuelve aún más escabroso cuando se piensa que el Jefe de Estado que lanzó ese mensaje es el mismo que, gracias a las particularidades del modelo de Montecristi, no solo tiene en su bolsillo a todas las funciones de control sino, además, a la administración de justicia. Reivindicar y defender la confrontación como conducta estatal ha sido, en la historia de la humanidad, una de las expresiones más características de las visiones totalitarias.

Suena, además, irónico que quien haya ensalzado a la confrontación en el susodicho informe sea precisamente uno de los personajes que con mayor vehemencia y dureza ha combatido los gestos de confrontación de la sociedad. ¿No es confrontar mostrar el dedo medio a la caravana presidencial como lo hicieron el cantautor Jaime Guevara y el menor que fue detenido? ¿No es confrontar oponerse a la minería?

La confrontación a la que ensalzó Correa es la que únicamente la puede ejercer él desde su inmenso poder. Es la simplificación autoritaria según la cual, los conflictos son legítimos únicamente cuando son útiles para ejercer autoridad.

Defender la confrontación desde el poder, además, alarma cuando viene de boca de quien luego de largar la pésima broma de “¡Heil Hitler!” fue incapaz de pedir perdón.

mpallares@elcomercio.com