Alfredo Negrete

El látigo del desempleo

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Lo que afecta al Ecuador es uno de los males más crueles que pueden lastimar a una sociedad. Es el desempleo incluyendo a escalas sociales, que en tiempos pasados eran estables, frente a otros sectores sumidos en el empleo disfrazado o en el simplemente informal.

Sin embargo, la situación cambia dramáticamente. Ya no es el tiempo anterior en que muchos se mantenían en las frágiles ramas del trabajo a prueba repetido o los excesos de la tercerización laboral para solaz y abuso patronal. El problema es que ahora se produce un alud de servidores públicos y privados desempleados que fueron reclutados en tiempos del petróleo a 100 dólares y por sectores empresariales que expandieron sus negocios, antes de que existan los gravámenes al comercio exterior y más instrumentos propios de la creatividad gubernamental.

En estas condiciones desde las esferas oficiales se habla, en su jerga eufemística inconfundible, de la flexibilización laboral cuando en la estepa donde mora el pueblo, solo interesa mantener el empleo cueste lo cueste, incluso resignándose a la rebaja de sueldos y a cualquier tipo de chantaje o de “acoso”.

El eslogan dejó ser que la espada de Bolívar camine por América; ahora lo que importa es mantener al caballo y que el Libertador arregle sus ilusiones en otros mares. Por eso el problema del maquillaje es que cuando termina la función, hay que lavarse la cara y mirarse al espejo. Es la última función.

Mientras el circo no funcione por la “crisis transitoria”, la diligencia social, política u empresarial empieza a ser pillada en su doble discurso. Retóricos de protesta en lo general sin precisar los cómplices del descalabro. Han copiado a la mayoría legislativa venezolana que procesa una ley para la amnistía para los presos políticos cuando el artículo 187 de la Constitución les permitía expedir un decreto directo. Pretender que Maduro acate el proyecto de ley y no lo objete, es aspirar a que un lechón acepte una dieta.

Es imposible esperar que los antiguos izquierdistas y librepensadores del Ecuador abandonen la barca de sus empleos que tan hermosos mares ha navegado. Si la más antigua profesión da réditos, hay que mantener la oficina.

Por los políticos y pretendientes del poder no hay que esperar nada frente al drama del presente. Ellos piensan en llegar, ceñirse la banda y luego verán lo que se puede hacer. Los unos quieren llegar a Carondelet y los otros a gobernar desde el Legislativo. Sus asesores ignoran que el régimen aspira a los dos poderes y lo pueden lograr sin artimañas, usufructuando la desunión opositora.

Freud dijo que había dos seres humanos felices en su existencia. Los idiotas que simulan serlo y los verdaderos por naturaleza. Ese es el gran dilema de los ecuatorianos que deben dilucidar mientras buscan un empleo a la mitad de remuneración y horas. Si no estuvieran atenazados ganaría el voto nulo. Hacen recordar aquel episodio de Sao Paulo, en 1958, cuando se eligió a Cacareco, el hipopótamo del zoológico, como alcalde de la ciudad.

anegrete@elcomercio.org