Juan E. Guarderas

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El libre comercio entre países no necesariamente es beneficioso para todos. Especialmente para los países como el nuestro.

La teoría de los beneficios globales del libre comercio se basa en la idea de las “ventajas comparativas” de producción. Este concepto apunta a las industrias en las que un país debería especializarse para que el intercambio sea provechoso. Existen ventajas absolutas de producción, por ejemplo: jamás EE.UU. podrá producir camarón de manera más eficiente que Vietnam. Entonces –en el intercambio entre estas partes– Vietnam debería especializarse en camarones y recibir sin barreras películas de superhéroes americanas (así, con el libre intercambio, todos ganarían).

Siguiendo el mismo ejemplo, “ventajas comparativas” serían cuando EE.UU. puede producir camarón de manera más eficiente que Vietnam, pero le es más provechoso –porque es mejor negocio– hacer películas de superhéroes. En este caso, EE.UU. se olvidará del camarón, explotará las mejores industrias, y como no produce camarón Vietnam decidirá dedicarse a esto.

Pero el economista argentino Raúl Prebisch demostró que esto no es necesariamente algo positivo para las economías en desarrollo. A grosso modo, la teoría Prebisch-Singer señala que las economías especializadas en agricultura y materias primas a largo plazo no serán prósperas porque estas industrias generan mucho menos riqueza que los productos manufacturados y/o que requieren un especial desarrollo tecnológico.

El famoso y sacrosanto cambio de matriz productiva que tan torpemente el Gobierno ha impulsado no aparece en ninguna parte; aquel que supuestamente nos permitiría entrar al libre comercio escapando de la trampa de Prebisch-Singer. Para este juego no estamos ni verdes.

Pero ahora, mientras seamos todavía una economía agrícola y de materias primas, el nombre del juego se llama tratados de libre comercio, y en este estamos perdiendo. Por más que no sea enteramente positivo el libre comercio, sino firmamos esos tratados, otros países que producen lo mismo que nosotros serán capaces de vender mejor sus productos a las economías desarrolladas.

La estrategia debería ser: negociar ferozmente los tratados de libre comercio para que nos sean lo menos perjudiciales posible, pero de esta manera manteniendo nuestra participación en el comercio internacional.

Conclusión: sin cambio de matriz productiva no participamos en el comercio de alta gama, sin progreso en los acuerdos de libre comercio nos quedamos fuera del intercambio agrícola y de materias primas.

Se acaba de sellar el TPP, uno de los mayores tratados de libre comercio de la historia, entre EE.UU. y 12 países del Pacífico. Independientemente de las anteriores consideraciones, el camarón de Vietnam se venderá mejor que el ecuatoriano en EE.UU.