Antonio Rodríguez Vicéns

Anatomía de un golpe de estado

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12 de agosto de 2014 00:00

Antonio Rodríguez
arodriguez@elcomercio.org

La muerte de Adolfo Suárez, el mes de marzo pasado, me llevó a la relectura de ‘Anatomía de un instante’, el estupendo libro de Javier Cercas, el autor de ‘Soldados de Salamina’. El 23 de febrero de 1981, aproximadamente a las seis y media de la tarde, cuando en el hemiciclo del Congreso de los Diputados se realiza la votación para investir a Leopoldo Calvo Sotelo en sustitución de Adolfo Suárez, quien, después de casi cinco años como presidente del gobierno, había dimitido, el teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero, pistola en mano, sube con parsimonia las escaleras de la presidencia, “pasa detrás del secretario y se queda de pie junto al presidente Landelino Lavilla, que lo mira con incredulidad”.

El ensayo de Cercas nació de “la imagen de Adolfo Suárez petrificado en su escaño mientras, segundos después de la entrada del teniente coronel Tejero en el hemiciclo del Congreso, las balas de los guardias civiles zumban a su alrededor y todos los demás diputados presentes allí -todos menos dos: el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo- se tumban en el suelo para protegerse del tiroteo”. ¿Qué significados tuvo ese gesto?, se preguntó. Inició de inmediato una minuciosa investigación para escribir una novela. El proyecto fracasó. ‘Anatomía de un instante’ es, entonces, “el humilde testimonio de un fracaso: incapaz de inventar lo que sé sobre el 23 de febrero, iluminando con una ficción su realidad, me he resignado a contarlo”.

El análisis de Cercas sobre el golpe de estado, sus antecedentes y sus características, sus causas y sus consecuencias, los actos y omisiones de sus principales protagonistas y el silencio de la mayoría de ciudadanos, es detallado, incisivo y profundo. La conducta de Adolfo Suárez, que emerge como el principal constructor de la democracia española, es al mismo tiempo la que impulsó la conspiración de altos jefes militares y la intervención directa de Antonio Tejero. Hay en su actuación una verdadera paradoja: “Suárez -concluye el autor-, que había sabido hacer lo más difícil -desmontar el franquismo y construir una democracia-, era incapaz de hacer lo más fácil: administrar la democracia que había construido…”

Es probable que el casi total silencio sobre la muerte de Adolfo Suárez y su papel como “hacedor de la democracia” (son palabras de Cercas) me haya estimulado a realizar esta relectura. Me hacía falta pensar los hechos y los personajes desde una nueva y final perspectiva. No es la primera ocasión en que me he preguntado sobre la razón de ese frecuente silencio alrededor de quienes han aportado con firmeza a la construcción y consolidación de la democracia, en contraste con la ruidosa y morbosa tendencia colectiva a la exaltación y la mitificación de gobernantes autoritarios que, manipulándola perversa e hipócritamente, han buscado su destrucción y la reducción de los ámbitos de la libertad personal.