Sebastián Mantilla

Un cambio de modelo

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El Fondo Monetario Internacional (FMI), en un reciente informe que acaba de publicarse ese lunes, prevé “años con dificultades” para los países exportadores de materias primas. La caída de los precios, especialmente del petróleo, tendrá como efecto un menor crecimiento, lo cual podría significar la pérdida de aproximadamente “un punto porcentual” por año hasta el 2017.

En el caso del Ecuador, el propio Presidente de la República ha hablado no solo de una reducción de las expectativas de crecimiento para este año, sino incluso de que la economía se estaría estancando.

En julio pasado, el Banco Central del Ecuador rebajó las previsiones de crecimiento del 2015 de 4,1% al 1,9%.

Aunque todavía no hay datos hasta septiembre, no sería una sorpresa que el Ecuador hasta fin de año tenga un crecimiento por debajo de cero. Es decir, una situación mucho más complicada de la que ha anunciado el FMI para los países exportadores de materias primas.

Una medida paliativa a la que han recurrido varios gobiernos de la región es devaluar sus monedas para dar mayor competitividad a sus productos y promover de este modo sus exportaciones. Sin embargo, el Ecuador se encuentra limitado en este aspecto por tener como moneda el dólar, mucho más cuando esta se ha apreciado en los últimos meses.

Pero el problema de fondo del Ecuador va más allá de la caída de las materias primas y de la inexistencia de moneda propia. El modelo económico, de la manera como está concebido, no funciona. Es decir, si se quiere superar con relativo éxito estos “años con dificultades” de los que ha hablado el FMI se va a requerir un cambio de modelo, en el cual el peso de la economía radique más en el sector privado.

El PIB, visto por el lado de la demanda, está conformado por cinco componentes: consumo de los hogares (C), inversión (I), gasto del gobierno (G), exportaciones (X) e importaciones (M). Buena parte del crecimiento que ha tenido el país, en este ciclo de altos precios del petróleo, se ha sustentado en el consumo de los hogares y en el gasto del Gobierno. Bajo un nuevo esquema, deberían tener mayor relevancia la inversión en el sector de la industria y servicios, así como potenciar las exportaciones, procurando que las importaciones no afecten la balanza comercial.

Esto exige dos prerrequisitos fundamentales: primero, que el Gobierno baje el nivel de gasto público y resuelva los graves problemas de desfinanciamiento; segundo, que exista confianza y seguridad jurídica. El problema que tiene el Gobierno es que no hay recursos para equilibrar el actual ritmo de gasto, mucho más cuando los ingresos provenientes del petróleo han caído significativamente. De igual modo, la interferencia de la política en la economía, el cambio frecuente de normas y la inexistencia de independencia en los poderes del Estado no contribuyen a generar confianza y seguridad jurídica.

smantilla@elcomercio.org