Fernando Tinajero

El dilema de la izquierda

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La izquierda se formó en la oposición. La suya fue desde el principio una vocación revolucionaria que aspiraba al reemplazo del orden establecido por la democracia liberal por un nuevo orden fundado en la justicia. Muy pronto, sin embargo, se produjo en sus filas una escisión profunda: mientras el sector radical mantuvo sus propósitos iniciales, inseparables de la violencia revolucionaria, un sector moderado concibió la posibilidad de alcanzar sus objetivos por la vía pacífica de las reformas, empleando los instrumentos legales que había establecido la democracia liberal. El sector radical llegó entonces a la victoria en la vieja y atrasada Rusia de los zares, mientras el sector moderado entró en el juego de la política liberal de los partidos. Este último conserva todavía las reformas que logró manteniéndose lejos de la violencia revolucionaria. El primero sufrió un derrumbe estrepitoso después de setenta años de totalitarismo y terror.

En el Ecuador, según repiten todos los autores, el punto más alto alcanzado por la izquierda fue el de 1944, cuando sus fuerzas desempeñaron un papel fundamental en la Gloriosa. No obstante, según declaró hace algunos años una de las más importantes figuras del comunismo de entonces, la victoria de la izquierda fue más bien ilusoria y ni siquiera llegó a durar lo que duró la Constitución izquierdizante de 1945. Cuando el doctor Velasco Ibarra se proclamó dictador (marzo de 1946) y convocó a una nueva constituyente, la derecha ya estaba nuevamente en el poder y la izquierda tuvo que reconocer su derrota, de la cual fue una clara expresión la Carta conservadora de 1946.

Desde entonces, se ha repetido para la izquierda el mismo dilema: o conservar su carácter revolucionario a costa de constantes e inevitables derrotas electorales, o apostar por algún triunfo electoral renunciando a su carácter revolucionario y entrando en el juego de las alianzas con fuerzas políticas que conservan su adhesión a la democracia liberal. En esta segunda alternativa, la misma experiencia del año 44 se ha repetido con ligeras variantes de matiz. Las alianzas solo han servido para que la izquierda sea abandonada después de haber servido a propósitos ajenos. La última década es muy elocuente en este sentido.

En cualquiera de sus variantes, ya sea radical o moderada, la izquierda ha perdido su camino. Si la revolución es ya inviable; si la vía de las reformas ya no puede alcanzar sus objetivos medulares y apenas sirve para el acomodo individual de ciertos dirigentes, la suya parece haberse reducido a una función decorativa. Podría jugar un papel muy importante, sin embargo, si en lugar de plantearse el dilema que se presenta en torno al juego electoral, asumiera que su destino es desempeñar un contrapoder, mediante el noble ejercicio de la crítica severa, tan importante como la función del gobierno. Solo que entonces tendría que resignarse a ser una tendencia de intelectuales, en la que los trabajadores solo podrán participar cuando también lo sean.