Óscar Vela Descalzo

Estadistas y humanistas

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Los crímenes de lesa humanidad no admiten distinción por diferencias políticas o ideológicas. Tan censurables son las violaciones a los derechos humanos cometidas por el gobierno de Corea del Norte hoy como las de Hitler o Stalin durante la primera mitad del siglo XX.

Las ejecuciones, torturas o violaciones son igualmente repudiables y deben ser sancionadas con la misma severidad cuando se originan en regímenes de izquierda o de derecha, en gobiernos capitalistas o socialistas, en Estados liberales o absolutistas.

Hace pocas semanas varios gobiernos encasillados en la izquierda condenaron los ataques criminales de Israel contra el pueblo palestino en Gaza. Ante tanta brutalidad algunos Estados de derecha cayeron en un oprobioso silencio, mientras que otros, quizá más radicales, quizá más comprometidos con los poderosos, apoyaron abiertamente a Israel.

Años atrás una parte de los Estados miembros de la ONU se alinearon con aquel triunvirato mortal conformado por Bush, Blair y Aznar que, en base a engaños y artificios, invadió Iraq, torturó y asesinó a más de ciento diez mil personas, la mitad de ellos civiles, destruyó una porción importante de los vestigios históricos de la humanidad en la antigua Mesopotamia y derrocó al régimen de Saddam Hussein (otro de los perversos líderes de los siglos XX y XXI). Una abrumadora mayoría de la población mundial y de otros Estados condenó la guerra en Iraq, y entre ellos, por supuesto, todos los gobiernos de la izquierda más radical del planeta.

Sin embargo, esas mismas naciones de la “izquierda dura” suelen ser ciegas, sordas y mudas a la hora de condenar los crímenes cometidos por sus amigos y afines. Hace algunas semanas en una entrevista de televisión, una de las dirigentes políticas del Movimiento Popular Democrático negaba (ignoraba también una buena parte de la historia) que Stalin o Lenin, dos de sus ideólogos, hubieran asesinado a más de veinte millones de personas en sus terroríficos mandatos. Y es que el adoctrinamiento y el odio político visceral lleva a algunas personas a la negación absoluta e incluso a la defensa de crímenes evidentes cometidos por regímenes como los de Camboya, Afganistán, Cuba, Irán, Corea del Norte o Zimbabwe, defensa o negación hecha con la pueril actitud del que sabe pero oculta la verdad, del que no sabe, o lo que es peor aún, del que no quiere saber.

A la hora de juzgar cualquier tipo de violación a los derechos humanos, en especial los crímenes más atroces, debemos despojarnos de nuestros credos, antipatías o rencillas doctrinarias para alinearnos exclusivamente con el humanismo, esto es, con la doctrina orientada a la consecución del bienestar del ser humano por encima de cualquier interés particular, ya sea político o económico.

Los verdaderos estadistas deben ser ante todo humanistas, y si están dispuestos a franquear sus horizontes éticos y sus límites morales por seguir a ciegas una ideología, no son ni lo uno ni lo otro.