León Roldós

Las angustias de fin de año

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Enmis décadas de vida, dos fines de año fueron de mucha angustia para la economía y las familias ecuatorianas. Uno, el del cierre de 1998, cuando se sentía la precipitación de la crisis, y el de 1999, posquiebra de una parte del sector financiero, con un proceso acelerado de devaluación y una inflación creciente. La dolarización –aun cuando haya significado “afectación” a la soberanía monetaria- fue generando expectativas positivas desde el 2001.

Sin tener las magnitudes de esos dos años, el cierre del 2015 parecería que va a ser el de mayor angustia desde que hay dolarización. Hay una evidente desaceleración de la economía y como, sobre todo en los últimos nueve años, se multiplicaron costos que aparecen como inflexibles, al caer los ingresos, la pérdida de la capacidad de pago en el sector público y en los sectores privados genera angustias que, insertadas en las bandas de trasmisión de la sociedad y su economía, se potencian.

El Estado –Gobierno Central y otras entidades de su entorno- es moroso en buena parte de los pagos que debe realizar, pero para culpar de sus incumplimientos a los sectores a los que debe, sus funcionarios siempre intentar encontrar “por qué no pagar”, cuando la racionalidad debería obligar a establecer procesos ágiles para superar cualquier error u omisión. Miles de millones de dólares están ahí represados. El IESS hace pocos días informó que a sus proveedores de equipos, medicamentos yde servicio en el área de la salud debe más de USD 400 millones. En el sector petrolero se ha mencionado más de USD 1 600 millones. ¿Cuánto más en otras entidades?

Y el impacto va por lo que no se paga, pero también porque a los que no se les paga, si se les requiere mantener las provisiones de bienes y servicios, en caso contrario se los sanciona, sea amenazando cobrar garantías, sea por la imposición de multas, sea por el riesgo de coactivas y cierre de locales. Algunos suspenden la provisión, no por sola voluntad, sino por la imposibilidad de mantenerla.

Las ventas internas han caído radicalmente -también las que van dirigidas al exterior- porque no hay dinero. Hay una sensible baja de los depósitos. Los bancos se reducen en sus operaciones y -con pocas excepciones- las limitan a créditos a corto plazo.

Miles de empresas todavía no pueden asegurar sus disponibilidades para el pago del decimotercer sueldo.

Las proyecciones de cierre de ejercicio con caída de utilidades e incluso saldo de pérdida aterran a las empresas. Saben que ahí se les complicará el acceso a crédito.

Los que no tienen trabajo estable y los que solo perciben comisiones, en muchos casos, no tienen ni para lo diario.

Mientras tanto, el debate político se distorsiona. A veces más parece verborrea que privilegia el agravio y la descalificación a los que se pronuncian diferente.

lroldos@elcomercio.org