Marco Antonio Rodríguez

La palabra ante el amor

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La palabra ante el amor retoza, travesea, trepida, se extasía, aun cuando -otras veces- se extenúa y desfallece. El tiempo amoroso no permite ajustar el impulso y el acto, hacerlo coincidir. Miedo padecemos en este tiempo, así no sea revelado sino apenas secreto o tan solo presentido. La pasión amorosa es un delirio, pero el delirio no es extraño, todos hablan de él, está ya -a fuerza de pronunciarlo- rendido a nuestras veleidades. Lo que sigue siendo un enigma es ‘la pérdida del delirio’, porque, perdido este, se ingresa de bruces en el duelo real, es la ‘prueba de la realidad’ lo que nos muestra que el objeto amado ha cesado de existir.

Pero en el duelo amoroso, el objeto amado no está muerto ni distante. Somos nosotros quienes decidimos que su imagen debe apagarse. Durante este irrazonable lance, sufrimos dos condenas opuestas: sufrir porque el otro esté presente (sin cesar, a pesar suyo, de herirnos) y dolernos porque esté ausente (tanto al menos como lo amaba).

La entrega es la esencia del erotismo. Desate de nuestros sentidos. Gozo. Éxtasis. No perpetuación. Fusión de dos cuerpos para acceder a la única muestra de infinito que nos es permitido aquí en la Tierra. “Como el toro me crezco en el castigo,/ la lengua en corazón tengo bañada/ y llevo al cuello un vendaval sonoro./ Como el toro te sigo y te persigo,/ y dejas mi deseo en una espada,/ como el toro burlado, como el toro” (Miguel Hernández). La palabra del poema convoca la carne que viene desde el fondo insondable de lo que no pudo ser. Es la soledad que no se nombra pero que rompe nuestro ser.

En la clausura del amor burlado, a instantes del olvido, emerge el espectro del amor. Después del jadeo inevitable, cuando empieza el silencio -el más solitario por ser el más extraño-, después del acto amoroso, el ser humano regresa raudo y perplejo a la caza del amor. “Amada, descendiendo/ por tus aguas y tierras, sollozando,/ me estoy como viviendo,/ reclamos afilando/ a mi vivo morir que va tardando (Francisco Granizo). Descenso al amor: infierno y paraíso. Por eso, quizás, no acierta Baruch de Spinoza al enunciar que del amor o del ser amado solo brota alegría. Amor es dolor engendrado en la exigencia de perfección que demandamos del ‘otro’.

Sin embargo, tememos la imperfección porque intuimos que esta es la muerte. “Te amo como a mí muerta”, exclama ella a él en Matador, el filme de Almodóvar, antes de consumar su ansiado ceremonial de morir matándolo. “El erotismo es la aprobación de la vida hasta la muerte”, acierta Bataille. El amor, en cambio, es, por sobre todo, elección, acecho y dominación del ser amado. El fin: cautivarlo en cuerpo y alma hasta que esa esfera se desgaste o estalle. Camino. Horizonte. Ilusión más que visión. Espesura, pérdida, trofeo y clausura. Gozo, frenesí, tedio y morada.