Manuel Terán

Lodazal

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Es espeluznante presenciar el fuego cruzado, cargado de acusaciones e imputaciones, entre personajes que hasta hace pocos meses mantenían un discurso único, destinado a cubrir y disimular un entramado podrido y putrefacto al que nos condujo el anterior régimen. El daño hecho al país es irreparable. Una década sumida en la cultura del engaño y la simulación, en la que mientras se hablaba de revolución ética, tras bambalinas, se movía todo un tinglado para apurar el mayor saqueo de los recursos públicos del que tiene conocimiento la historia nacional. El proyecto desde su génesis era protervo. No pueden hablar de democracia ni de independencia de poderes los que nunca creyeron en esos postulados, los que formaron parte de un esquema que desde sus inicios estaba diseñado para mantenerse incólume en el tiempo. Su pasión era acaparar el poder y mantenerlo el mayor tiempo posible. Por ello se preocuparon de contar con los mejores elementos indolentes al saqueo y despilfarro al que sometieron a las arcas fiscales, buscaron personajes de tercer orden que mirasen hacia otros lados mientras, desde las más altas esferas del poder, toda una estructura corrupta se apropiaba inescrupulosamente de los fondos públicos.

Ahora que las noticias venidas de afuera les pusieron en evidencia y los desnudaron en su real dimensión buscan salvar su pellejo; y, los que aún permanecen en los puestos clave para los cuales fueron escogidos con el propósito de tapar semejantes entramados, tratan de mejorar su imagen intentando aparecer como personas idóneas, aferrándose a su posición de privilegio, a la que no hubieran tenido la menor oportunidad de acceder en concursos serios y no amañados en los que se conocía quiénes iban a resultar elegidos desde antes que se convoquen.

La credibilidad en la institucionalidad copada de esa manera se encuentra por los suelos y, a no dudarlo, es un óbice que atenta contra los esfuerzos de retornar a un estadio normal que brinde certezas mínimas a los ciudadanos. Por allí, incluso, aún se oyen voces lamentándose de que los tímidos esfuerzos que se hacen por tratar de reconfigurar un esquema que en algo se asemeje a una caricatura de Estado de Derecho, constituyen un retroceso y el desmantelamiento del modelo edificado en la mal llamada época revolucionaria. Cinismo puro que los delata en sus verdaderas intenciones.

Pero resulta agotador escuchar a personajes inmersos en el actual régimen, viejos cuadros de su antecesor, insistir en sus peroratas fruto de las cuales vivimos la delicada situación por la que ahora atravesamos y que lo mencionen sin una gota de rubor en sus rostros. Y peor aún, voces que mencionan con una solemnidad asombrosa que lo que se requiere es retornar al espíritu original del esquema que nos condujo al descalabro. No les bastó con toda una década malgastada y tirada por la borda de una manera infame. Sin duda con todas esas afirmaciones es fácil colegir cómo descendimos a ese infierno en que la mediocridad y concupiscencia campea por doquier.