Manuel Terán

El mundo en vilo

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Un baño de agua fría fue para muchos el triunfo del candidato republicano en los comicios estadounidenses. Para buena parte del mundo, fuera de las fronteras de la gran unión, la favorita era la candidata demócrata pese a los cuestionamientos que se realizaban en contra de su persona por sucesos de su dilatada carrera política. Pero al parecer los deseos voluntaristas de los comentaristas internacionales dejaron de lado algo crucial: la visión interna de esa inmensa cantidad de votantes estadounidenses para quienes los problemas mundiales están en un segundo plano, están únicamente interesados por el rumbo que tome la economía del coloso del norte, la recuperación de la inversión y la creación de las fuentes de empleo. Lejos, muy lejos, se encuentran para ellos los conflictos en Asia, las amenazas del terrorismo internacional, salvo si los atentados o actos violentos de esos alucinados se producen en territorio americano; y, cuando lamentablemente han tenido lugar en ese país, abonan para que se inflame el orgullo nacional y renazcan estas posiciones nacionalistas de las que hizo gala el candidato triunfante. En consecuencia, considerar a esa elección sólo con ojos foráneos, sin comprender la perspectiva del americano de clase media que se pronunció en favor del magnate, seguramente nos aleja de una visión objetiva y nos deja en el sendero de los anhelos.

El norteamericano votó influenciado por su bolsillo. Se dio la gran paradoja que quienes apoyaron a Trump han sido obreros y trabajadores preocupados por sus fuentes de empleo, cuando la principal organización sindical de la unión americana es uno de los pilares más fuertes de los demócratas. Caminos diferenciados entre la dirigencia y sus representados. También se vivió el sinsentido que el abanderado de tesis proteccionistas fuera el candidato republicano, cuando antes esa tarea la hacían los del Partido Demócrata; y, se veía a la Señora Clinton defendiendo los tratados de libre comercio, de los que su partido históricamente había sido muy crítico. La política real les había conducido a revisar sus posiciones, pero el electorado no lo entendió favorablemente.

A gran parte del globo le habría gustado el triunfo de un candidato cuyos discursos estén a tono de un líder de talla mundial. La intranquilidad no los invadiría si el elegido no fuese un hombre que ha mostrado precarios conocimientos o, desinterés por los grandes conflictos mundiales en los que la primera potencia mundial tiene un papel preponderante. Pero el resto del mundo es un mero espectador, la decisión corresponde a los norteamericanos.

Lo que resta es confiar en la institucionalidad del país del norte y considerar que nadie está deseoso de agudizar o crear más conflictos de los que actualmente azotan al orbe. Quizá los norteamericanos aciertan puertas adentro para resolver sus problemas domésticos. Pero habrá que esperar que el mandatario electo controle sus ímpetus y se conduzca como corresponde al líder de la nación más poderosa de la tierra.