Fernando Tinajero

Ciudad de invierno

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En la década de los setenta, el Ecuador empezó a vivir como real una vida imaginaria, alentado por la inesperada riqueza petrolera. De la noche a la mañana empezamos a sentir una euforia que nunca antes habíamos experimentado, y nos creímos ya en condiciones de emular a los fabulosos jeques del petróleo.

Un espíritu de nuevos ricos nos llevó a perder todos los controles, pero también los referentes habituales, y tuvimos la impresión de que habíamos alcanzado el viejo sueño de tocar el cielo con las manos. Muchos estudios se han escrito ya sobre aquel tiempo: economistas y sociólogos, algún politólogo y numerosos charlatanes han dicho ya lo suyo en su momento, pero estoy convencido de que ninguno de ellos llegó a penetrar tan hondamente en ese proceso de desquiciamiento colectivo como Abdón Ubidia lo hizo en uno de los textos más notables de toda nuestra historia literaria, que apareció por primera vez en 1979, formando parte de una selección de cuentos de su autor, publicada en Bogotá por el Círculo de Lectores. El libro titula “Bajo el mismo extraño cielo”, y los comentarios que se hicieron sobre él hablaban del valor ya indiscutible de aquel joven narrador que por entonces frisaba los 35. Pero nadie pudo pasar por alto aquel relato largo (para algunos, novela breve) que cierra la selección de cuentos que ya antes habían sido publicados.

Se trataba de “Ciudad de invierno”, y transcurría en una ciudad innominada que crecía para arriba, igual que los negocios, y parecía alargarse hacia el norte, como si huyera de su propio pasado. Era una ciudad casi siempre azotada por la lluvia, y en ella se movían como fantasmas unos personajes que quizá habitaban el mundo real, pero eran sobre todo los huéspedes de la conciencia del protagonista. Un optimismo inusitado llenaba todos los ambientes, pero a veces no alcanzaba a penetrar en las conciencias.

Porque en medio de ese optimismo ilimitado está la duda. El protagonista ha dado alojamiento provisional a un amigo que se encuentra mezclado en una estafa (uno de aquellos negocios que desde entonces se hicieron tan frecuentes) y empieza a dudar de la lealtad de su mujer. Así, mientras la euforia colectiva hace de la vida una fiesta interminable, la soledad individual se instala en cada uno y se percibe bajo todas las formas de la desconfianza y la sospecha.

Claro que Ubidia no explica los orígenes de aquel contraste, ni lo menciona siquiera: para las explicaciones de ese tipo bastan los economistas. Lo que hace el escritor es explorar las relaciones que el mundo exterior tiene con la intimidad de la conciencia, las repercusiones que produce en él, la manera cómo configura una realidad conflictiva. Más allá de la anécdota narrada, está la reconstrucción de un mundo. Decía mi maestro Kosik que la realidad no es auténtica realidad sin el hombre. He ahí por qué la literatura es la única manera de llegar a lo real.

ftinajero@elcomercio.org