Fabián Corral

El asunto de la realidad

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fcorral@elcomercio.org

En algunas áreas del conocimiento, en especial en las ciencias sociales, la realidad se ha convertido en enemigo peligroso porque, tan pronto como la teoría se confronta con los hechos, sufre grave revés. Las consecuencias van desde la frustración del científico o profesional, hasta la eterna tentación de reemplazar a los hechos y a los datos de la vida con esquemas preconcebidos, con “buenas intenciones” y, lo que es más frecuente, con ideologías que concluyen en estrepitosos fracasos.

I.- El drama de las ciencias sociales.- El “problema” de las ciencias sociales es que no pueden, ni deben, hacer abstracción de la realidad, ni de que los hechos son un dato esencial, la materia prima del conocimiento, la sustancia de la teoría y el punto de partida de las especulaciones con fundamento. Por otra parte, hay que considerar que, a partir de esos datos, las conclusiones y las propuestas de conocimiento o de acción, desde la academia, vuelven siempre a la sociedad e inciden sobre ella. No se quedan en los laboratorios, ni se traducen solamente en fórmulas abstractas; necesitan la prueba de la verdad que está en las relaciones entre las personas, en la cultura o en la “in” cultura, que son asuntos concretos, y que inciden en las conductas de los agentes sociales y en los episodios del poder. La verdad está en la vida cotidiana, tan humilde a veces que al académico puro le puede parecer irrelevante, demasiado pragmática y terrestre al extremo. Y allí está una de las facetas más importantes y peligrosas del riesgo de ignorar las cosas como son, e idealizar o empeorar las cosas, de teorizar o de enseñar con menosprecio de la circunstancia.

II.- El peligro de los “laboratorios” del Derecho.-En esa línea de pensamiento, adquieren relevancia los temas del Derecho como ciencia y del Derecho como norma. Los dos son asuntos vinculados entre sí, pero sometidos a tensiones, contradicciones y malos entendidos, a los que se agregan las visiones políticas sobre la ley y su función “transformadora” o “conservadora”, según la ideología en boga.

Norberto Bobbio decía que la norma, para acercarse a la perfección, debe ser (i) justa, en tanto exprese los valores y principios vigentes en la sociedad (la libertad, el respeto a la vida e integridad personal; los derechos fundamentales como patrimonio indisponible de las personas; la propiedad, la seguridad, etc.) (ii) Válida, esto es, formalmente impecable, expedida por órgano competente, vigente como parte del ordenamiento jurídico de un país e integrada a las normas superiores de la Constitución; (iii) Eficaz, articulada de tal modo que opere sobre las conductas, que no se reduzca a deporte de abogados o políticos y que no sea simple referente sin valor real. La ineficacia de la norma es el principal defecto del país: miles de normas, complejas al extremo a veces contradictorias, que ni se conocen a cabalidad ni se aplican.

Los “laboratorios del Derecho”, universitarios o políticos, incurren a veces en el pecado de negarse a ver la realidad y construyen reflexiones o leyes a partir de hipótesis no demostradas, o copiadas de tesis en boga en otras sociedades. El resultado: papeles académicos que leen solamente sus autores y los arrogantes teóricos que ven las cosas a través sus propios lentes con inocultable desprecio de la vida real. El resultado es la desconexión y, lo que es peor, la pretensión frecuente de imponer hipótesis y tesis a modo de normas que o no se cumplen, o se distorsionan, o que tensionan las conductas y desconocen en forma tal los hechos que transforman al sistema legal en una dictadura agazapada en las sanciones, en una camisa de fuerza que conspira contra las libertades. Ese es el riesgo que se corre cuando se mira a la realidad desde lejos, y cuando se cree que se le puede dar las espaldas.

III.- El pragmatismo, ingrediente necesario.-El pragmatismo goza de mala fama. A veces, se cree que admitirlo como ingrediente en el análisis y en la formación de académicos o de profesionales, es renunciar al “purismo”, ese tabernáculo que constituye el cómodo refugio para justificar las cegueras o la intoxicación de hipótesis. Grave error, porque el Derecho como reflexión y como proposición, como teoría y como norma, debe contar con los hechos y ser pensado a partir de la realidad, para rescatar lo que ella tiene de valioso, para reformar lo que es inconveniente, pernicioso o inactual, y para contrastar si las teorías son solamente eso, o si son propuestas que contaron con la sencilla vida diaria. El riesgo de no admitir, con buena dosis de sentido común y con otra dosis de humildad, la función de la realidad es, precisamente, formar gente desconectada cuyo primer reto al salir a la vida laboral será encontrarse, veces de modo traumático, con los hechos, conocer recién las complicaciones y admitir, como dice el dicho, que “una cosa es con guitarra y otra cosa es con violín”. Lo importante es que la gente que se forme, ya sea que vaya a la academia o a las profesiones o a la política, sepa desde las aulas tocar con adecuadamente los dos instrumentos.

IV.- La tentación de la ideología.- Los laboratorios de la ley ceden, con frecuencia, a la tentación de la ideología, esto es, a asumir como verdaderas las especulaciones, asertos y prejuicios derivadas de una particular visión del mundo que suplanta a la realidad. El socialismo ha incurrido con demasiada frecuencia en este error. Las revoluciones son, en muchos casos, recetas basadas en la literatura política o en doctrinas económicas hechas a partir de un ideario.

V.- Pensar como políticos.-Hace algún tiempo escuché a una brillante profesional del Derecho, a la que conocí en las aulas universitarias, que lo primero que le habían dicho en su trabajo de asesora es que “debía dejar de pensar como abogada y empezar a pensar como política”. Me pareció la síntesis cínica de una receta dirigida a abdicar de los principios, endiosar las órdenes que se reciben, someterse, construir teorías de justificación y enterrar el Derecho como tesis, como ideal y como inteligente método para legislar sobre la realidad, admitiendo el valor de la verdad que fluye de ella.