Carlos Jaramillo

¿Qué pasa con la megaautopista?

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En abril del año pasado, el Gobierno anunció que en septiembre estarían listos los estudios para la inmediata iniciación de los trabajos de la que pomposamente se denominó ‘megaautopista’ Quito-Guayaquil.

Entonces, se informó que la nueva arteria tendrá seis carriles, parterre, nueve intercambiadores, etc., para facilitar el intenso tránsito y evitar las frecuentes interrupciones que se registran actualmente. Se afirmó que este será el proyecto piloto de 10 autopistas de características más o menos similares que se ejecutarán con una inversión de 5 000 millones de dólares.

Es incuestionable que este Régimen ha dado notable impulso al mejoramiento de la red vial a lo largo y ancho del país y ha ejecutado otras obras, igualmente importantes y, desde luego, ha sacado a relucir con insistencia que ha invertido cuantiosas sumas, superiores a las efectuadas por sus antecesores, lo cual también es verdad, pero se ha demostrado que todos los gobiernos han hecho obra pública de acuerdo con sus posibilidades y que no es lo mismo tener un presupuesto fiscal con el precio internacional del petróleo de 10 dólares el barril y otro con el precio de 100 o más, gracias al ‘boom’ petrolero sin precedentes, lo cual no es mérito ni demérito propio.

De todas maneras, es injustificable la postergación de una arteria vial tan prioritaria y que tantas molestias ocasiona en la zona montañosa, pese a que la compañía Hidalgo & Hidalgo, concesionaria del tramo Alóag - Santo Domingo, ha realizado el mejoramiento en ese trecho, tan problemático desde su construcción hace algo más de medio siglo.

Varios gobiernos han tomado en cuenta la necesidad de construir la nueva autopista, lo cual, por diversas circunstancias, no se ha hecho realidad. Inclusive, en junio de 1975, el Régimen militar contrató con las firmas asociadas Hidroservice de Brasil y Astec la realización de los estudios de factibilidad que fueron entregados en octubre de 1976, con las recomendaciones para que la ejecución de la obra se ajuste a las necesidades técnicas y a las disponibilidades financieras de entonces. Pero ahí quedó todo.

También, hace algunos años se elaboró un proyecto para la construcción de una moderna autopista, con características de primer orden, que reducía considerablemente la longitud de la vía y el tiempo de recorrido, proyecto que fue acogido por directivos de la Universidad San Francisco. Se indicó que firmas constructoras internacionales tenían interés en la ejecución y financiamiento, pero los gobernantes de entonces consideraron que se trataba de un proyecto utópico e, igualmente, todo quedó en nada, lo cual ha sido hasta ahora el sino de tan importante obra.

Es conveniente que se incluya la iniciación de esta ‘megaautopista’ en el programa de acción para el presente año y, desde luego, que se cumplan los requisitos pertinentes para su contratación y fiscalización.

Carlos Jaramillo Abarca / cjaramillo@elcomercio.org