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El pasado 14 de junio, a la hora del Ángelus, desde la ventana del despacho pontificio, Francisco anunció su encíclica “Laudato si” (“Alabado seas”). Y una vez más, en medio de una enorme expectativa mediática, no defraudó a nadie, aunque a algunos los dejó perplejos por la radicalidad de sus planteamientos. He gozado leyendo la encíclica y, como hombre peregrino en este planeta, como cristiano comprometido con la verdad de nuestra vida, he sentido una enorme alegría… No camino solo ni a tientas. Más bien camino iluminado por la luz serena y nítida de este hombre singular que hoy nos visita, más allá y por encima de nuestros líos domésticos. Bueno será que lo escuchemos.

La encíclica nos habla de ecología integral, nuevo paradigma de justicia y nos ubica a todos ante la necesidad de cultivar y cuidar la creación, ante el cuidado de la casa común, con especial atención a los más pobres, que son los que más sufren las consecuencias de nuestra desidia o de nuestra codicia.

¿Qué mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a nuestros niños y herederos? Es una pregunta que no solo afecta al ambiente sino al sentido entero de la vida. En algún momento tendremos que preguntarnos para qué trabajamos y luchamos, pues lo que está en juego es el sentido mismo de nuestro humano vivir. Desde ahí cabe preguntarse qué valor tiene esta tierra hermana con la que compartimos los avatares del cada día, esta tierra madre que nos acoge en sus brazos. Y si hablamos de valor, tendremos que hablar de futuro. Qué futuro tiene esta tierra maltratada y saqueada, que clama y grita, cuyos gemidos se unen a los abandonados del mundo.

El Papa nos pide una “conversión ecológica”, un “cambio de ruta”,… Y lo hace porque todavía podemos enderezar el rumbo de este planeta que se llama Tierra… La encíclica es un buen libro de cabecera, no para dormirse, sino para mantener despierta la conciencia y el amor por la casa grande. Les adelanto algunos de los ejes temáticos que no debiéramos de olvidar:

- El vínculo ineludible entre pobreza y fragilidad. - El hecho de que todo, en este mundo, está conectado y es interdependiente. - No es suficiente la tecnología. Al margen del bien común y de la dignidad de la persona, también ella se convierte en un instrumento de dominio y destrucción.

- Hay que trabajar a favor de nuevas formas de entender la economía y el progreso, siempre desde la centralidad de la persona. Sería terrible olvidarse del sentido humano y humanizador de la ecología. - ¿Y la cultura del descarte? ¡Cuidado! Acabaremos prescindiendo del hombre, de las comunidades, si lo primero es la rentabilidad, el poder o el interés financiero. - No hay política sin responsabilidad. Y alguien tendrá que dar cuenta, internacional y localmente, de la falta de compromiso real con la tierra, el agua, los bosques, los páramos,… - Por eso la llamada a un nuevo estilo de vida, más humilde y austero, que respete, integre y humanice.

Por todo ello, gracias y alabado seas, Francisco.