Rodrigo Fierro

Las vacas no serán tan flacas

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Tengo derecho a ensayar y ensayar. Me anima el afán de hallar explicaciones que en alguna medida me conduzcan a situarme, con razones, en el mundo que me rodea, mi circunstancia.

Cuando el precio del petróleo superó al de la Coca-Cola, pues a ese nivel habíamos llegado, y continuaba subiendo, a los países exportadores se les dio por soñar: iniciar su desarrollo, llegar al menos a la independencia relativa, saber que teníamos futuro. Empeñarnos así en obras de gran aliento, como eso de procesar el petróleo que teníamos.

Mi entusiasmo por la Refinería del Pacífico consta en uno de mis artículos. Para las transnacionales el acabose de un negocio redondo y sin riesgos: si subía el precio del petróleo, los derivados nos costaban mucho más. Ello sin embargo, los países industrializados, sedientos de petróleo, vieron que el mundo se les venía encima, y obraron sin contemplaciones.

Podían mantenerse los precios del petróleo en niveles razonables en tanto los países de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), se presentaran al mercado internacional con decisiones compartidas. Imposible. Los intereses de Arabia Saudita no se compadecían con los de Iraq, Libia, Irán y Venezuela, es decir con los nuestros. Liquidados Saddam Hussein y Muamar el Gadafi, neutralizado Irán con solo poner barcos de guerra en los puertos de salida de su petróleo, quedaba Venezuela para que el mundo volviera a ser una aldea de paz, con precios del petróleo que caían en picada.

Brillantes expertos en finanzas, contratados a su peso en oro, le llevaron a la Arabia Saudita a invertir cantidades fabulosas en empresas confiables del Occidente industrializado. Así, la caída de los precios del petróleo también la beneficiaban. Para más, es de recordar que también Osama bin Laden invirtió en los Estados Unidos. La aldea global da para mucho.

Ante una posible movilización sudamericana de solidaridad, intervenir en Venezuela, como en Iraq y Libia, no era lo aconsejado. Era cosa de esperar. Muerto Chávez, la República Bolivariana sufrió el golpe de gracia con Maduro. Impuesto por los hermanos Castro, pues con él si se podía monologar, el crudo continuaría llegando a Cuba a precio de servicios, de inteligencia digo yo. Los dólares por 100 000 barriles diarios en algo hubieran aliviado la desastrosa situación socio-económica de Venezuela, antesala del triunfo de la oposición.

Por conciencia, y porque soy libre, debo ponderar las grandes obras en las que se han invertido cantidades importantes y atenuarán la baja del petróleo a 30 dólares por barril. Luego de poco entrarán en pleno funcionamiento la Central Hidroeléctrica Coca-Codo y tres más, y se han inaugurado dos proyectos de control de esas inundaciones de espanto que se producían con cada invierno. Con obras así las vacas no serán tan flacas.