Óscar Vela Descalzo

Los niños perdidos

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Todos los días la prensa mundial recoge historias desgarradoras, casi siempre con desenlaces trágicos, de seres humanos que intentan llegar a Europa desde el norte de África y desde las costas asiáticas que bordean el Mediterráneo.

Entre los desplazados que se embarcan en travesías temerarias hay miles de niños que mueren en ellas, especialmente ahogados en el mar. Las imágenes diarias de niños muertos que recalan en playas o arrecifes de uno y otro continente son tan dolorosas e impactantes que una sola debería ser suficiente para avergonzarnos por toda la eternidad de haber sido parte de la especie animal que hoy domina el planeta.


Pero entre los que huyen también hay muchos niños que alcanzan su objetivo y llegan a Europa. Los que corren con suerte tienen la compañía de sus padres o al menos de uno de ellos para empezar una nueva vida en un lugar lejano y distinto a su hogar. Sin embargo, un alto porcentaje de los refugiados menores de edad llegan solos y en esa condición se convierten en presas fáciles de traficantes de personas, redes de prostitución, negociantes de órganos o esclavistas contemporáneos.

Solo durante el año 2015 la Oficina Europea de Policía (Europol) estimaba que había en este continente al menos 10 000 niños refugiados desaparecidos.
En América, el flujo migratorio de los países del sur hacia el norte, en especial de las naciones más pobres hacia EE.UU., también cuenta con un número importante de menores cuyas historias de frustraciones y desgracias solo se llegan a conocer por referencias de los familiares que los empiezan a buscar un tiempo después de su partida, cuando no han dado señales de haber llegado con vida al otro lado de la frontera. 


Pero también hay casos espeluznantes de niños perdidos en otros procesos migratorios de sus padres, ya sea por conflictos armados, causas económicas o políticas, desastres naturales o conmociones sociales que se producen con frecuencia en zonas de Centroamérica, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia. Aunque en estos casos ‘americanos’ normalmente la difusión mediática es menor y las estadísticas son escasas, no podemos ignorar la realidad que toca a nuestras puertas cada día.


La obligación de quienes conformamos la sociedad frente a la tragedia de un niño no debe ni puede limitarse a la compasión, a la oración o a la caridad. De nada sirven las lágrimas, las plegarias y las limosnas si cada día siguen muriendo o desapareciendo niños por la perversa política migratoria de los gobiernos más poderosos frente a los refugiados, y por la abominable conducción política, social y económica de los gobiernos tercermundistas que provocan el éxodo masivo de sus ciudadanos.


La inacción y el silencio quizás podría dejarnos a salvo, pero nos hará cómplices. Levantar la voz, actuar, denunciar y acusar podría ponernos en riesgo, pero nos hará responsables por el bienestar, la salud, la educación y la vida de miles de niños.