Roque Morán Latorre

Neoidolatría y pseudoterrorismo

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Columnista invitado

El desplome bursátil, la caída del precio del petróleo, la revaloración del dólar, el escenario financiero de China y otros asuntos vinculados con la economía mundial -no se diga local- han abarrotado los medios de comunicación escritos.

Al respecto, la TV exhibe rostros fúnebres en sus noticieros, gimen los micrófonos de las radiodifusoras con los “expertos” que “analizan” la catástrofe económica que adolece el planeta, eso sí, sin perder una sola oportunidad de escandalizar, con tintes politiqueros localistas, avivando la confrontación y la zozobra.

Ante tal calamidad, con la que espantan y perturban, cabe preguntarse: ¿la economía está al servicio del hombre o… el hombre al servicio de la economía? La respuesta es categórica: habiéndose creado la ciencia económica para ayudar a las personas, precisamente, desde el concepto de la escasez y, sobre todo, para el bien de la humanidad, la tortilla se viró y los individuos se han humillado, serviles, antes el dios dinero, sin observar los medios -éticos o no, eso no les importa- con tal de alcanzar riqueza y comodidad absolutas.

La idolatría actual ya no es el dios sol, o cualquier otro, es la idolatría del dinero, ante la que se inclinan reverentes y sumisos los pobres hombres. El dios poder es otro ídolo, que somete, que saca provecho de las circunstancias, cuando no es ejercido para servir. No se establece con seguridad, de esta parejita de ídolos, si el uno es consecuencia del otro; pero vienen juntos, avasallan, arrastran, prostituyen. Resulta oportuno, y lapidario, aquello de “mal paga el diablo a sus devotos”: cuando se ansía este par de ídolos como últimos fines, salpican de su propio palo las astillas que lastiman.

Hemos escuchado reiteradas intervenciones de cinco exministros de Economía, sabios, inteligentes, conocedores profundos de la materia, lloriqueando, lamentándose, expresando su desesperanza, angustia, ejerciendo –no exagero- un cuasi terrorismo ilustrado, alarmando, horrorizando, vaticinado para el Ecuador un presente y un futuro oscuro, trágico, catastrófico. Lo han venido haciendo desde hace más ocho años y… no ha pasado nada de lo que advirtieron…
¿Por qué habríamos de creer, ahora sí, sus pronósticos apocalípticos? De lo que estamos seguros es que esto hiere y ocasiona honda desesperación en aquellos que tienen su corazón en los bienes pecuniarios.

Algunos parecen creerles a rajatabla y, en la suposición de que les creeríamos todos: ¿dónde quedó la esperanza, el optimismo, la valentía para enfrentar retos y desafíos difíciles? ¿No hay en el país talento humano capaz, ahora que se habla tanto de “emprendimiento y renovación”, que pueda dar ideas, practicar iniciativas, marcar ruta, en medio de esta supuesta hecatombe? O ¿existen pretextos y fingidas justificaciones para no hacerlo?