Juan E. Guarderas

Mundo ya vendido

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¿A quién le sorprende que los políticos, todos –incluso los que se llaman de izquierda– defiendan prioritariamente los intereses de los más acaudalados? ¿No se supone que en democracia el voto de un pobre vale igual que el de un adinerado? Tras la Revolución Francesa, donde se buscó abolir el régimen de beneficios que solo los nobles y los clérigos tenían, se presumía que la democracia instauraría un orden donde todos tendrían igualdad de derechos frente al Estado e idéntica importancia política.

¡Patrañas viejas! En la actualidad esos son antiguos – y súper cómicos – romanticismos. La democracia actualmente es un orden donde hay unas instituciones que legitiman y justifican imposiciones de poder de determinados grupos sobre otros. Al mando de estas instituciones hay aquellos ejecutivos (que defienden concretos intereses mercantiles, que llamamos “políticos” por mero apego a la tradición) que lograron ganar unos sistemas de designación bastante extravagantes. Estos excéntricos procesos tienen unos rasgos especiales que supuestamente harían que los ciudadanos “participen” en la conducción de la cosa pública y que al reconocerse a sí mismos en dicha conducción acepten las imposiciones y los sacrificios que les serían pedidos.

La realidad es muy distinta y la Corte Suprema de los EE.UU. lo reconoció de manera bastante elocuente en una sentencia relativamente reciente. En el caso ‘Citizens United v. Federal Election Commission’ la Corte entendió que de manera similar a las personas, las corporaciones tienen un derecho de libertad de expresión y que dicho poder implica la capacidad de manifestarse a favor de una candidatura específica. Es más, dicha libertad protege el hecho de que las empresas hagan campaña a favor de un partido.

Claro, si las empresas pueden tener una postura política, si están en su derecho al militar activamente a favor de un bando, pues solo es lógico que puedan gastarse la cantidad de plata que les plazca en el ejercicio de esa libertad.

Las consecuencias son matemáticas. Para quien quiera acceder al poder, mucho más interesante es el apoyo de una petrolera, de una empresa de cigarrillos o alcohol, que Juan José Pepito, padre soltero, con seis hijos, que representa solo un voto. Así, los ciudadanos americanos dejaron de ser los protagonistas del juego político y se volvieron simples engranajes de los procesos que designan que ejecutivos –auspiciados por qué marcas– llegarán a las instancias decisionales para defender unos intereses particulares.

Pero esta sentencia no hace más que formalizar algo que ya pasaba tras bastidores. Y, eso que la democracia estadounidense es un referente. Por eso en necesario que la ciudadanía tenga – cada vez más – un mayor espíritu crítico.

jguarderas@elcomercio.org