Monseñor Julio Parrilla

Las mujeres y la vejez

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Siempre me he preguntado por qué las mujeres viven, en general, más tiempo que los hombres y de forma más positiva. Hay quienes dicen que es porque no trabajan…

La vida contradice semejante afirmación, pues son ellas las que de forma más decisiva sobrellevan las cargas familiares y profesionales, las que se desviven y desdoblan…
Quizá la respuesta esté en la mayor capacidad de las mujeres para afrontar la vida en general y la vejez en particular.

El mundo ocupacional y afectivo de las mujeres es, de hecho, mucho más amplio y rico que el de los hombres. Cuando un hombre se jubila suele caer en la depresión y en un cierto descuido de sí mismo. Máxime si a la condición de jubilado añade la de viudo. Poco a poco, el horizonte se empequeñece hasta el punto de no saber qué hacer ni cómo llenar su tiempo.

Lo cierto es que hay actitudes y disposiciones que no se pueden improvisar, sobre todo cuando el deterioro físico y psíquico ni siquiera nos permite sostener un ápice del Tarzán que un día fuimos. Resulta difícil llenar esta etapa, marcada sobre todo por la calidad de las relaciones humanas, si dichas relaciones han sido pobres y superficiales a lo largo de la vida.

Por su parte, las mujeres ancianas se han multiplicado asumiendo papeles nuevos, bastante más allá de la gimnasia o de la cosmética. Me refiero, sobre todo, al hecho de profundizar su vida espiritual, algo que siempre se descuida cuando uno es esclavo del trabajo y de los problemas que la vida adulta trae consigo. La vejez, aunque nos ubique en la penúltima vuelta de la vida, también nos regala tiempo, un don precioso que no deberíamos de desperdiciar.

La música, las letras, el pensamiento, los amigos, los afectos,… van tejiendo una trama capaz de sostener la vida y la nostalgia. Pero no solo. La persona necesita algo más: ahondar el sentido de la vida y alimentar la esperanza del encuentro con Aquel que puede salvarnos de la nada.

¿Quién se beneficia? Por supuesto que uno mismo, pero también la familia, los amigos y amigas del alma, escuchados y ayudados por alguien que ya solo desea hacer el bien. Esta ha sido mi experiencia pastoral: las mujeres ancianas mantienen el mundo en pie, no solo a la hora de criar nietos sino también en la asistencia de los empobrecidos de un mundo que tiende a descartar a los enfermos, desvalidos y marginales, es decir, a los que ya no son productivos.

Y algo más, que solía decir mi tía Tálida, experta en humanidades: “Nosotras sabemos soportar mejor el sufrimiento, convirtiéndolo en nueva oportunidad, aunque la enfermedad fastidie y haya que maquillar el dolor”.

Linda lección, sobre todo cuando la viejita expresa su dulce abandono en las manos de Dios…
Al respecto, los hombres tendríamos algo que aprender... No es casualidad que Pablo, en el atardecer de su vida, le recordara a Timoteo la fe de su abuela Loida y de su madre Eunice. De la mano de las mujeres ancianas, algún día, alcanzaremos la verdadera sabiduría. Nunca es tarde.