Pablo Cuvi

Mujeres en guerra

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Los dos caudillos más perversos del siglo XX, adorados por sus respectivos pueblos gracias al aparato de propaganda y al control de la prensa, se enfrentaron en la Segunda Guerra Mundial.

Ambos, Hitler y Stalin, eran obsesivos y megalómanos y la guerra fue feroz. Al costo de unos 20 millones de muertos, finalmente la Unión Soviética se alzó con la victoria y, con toda razón, se dedicó a ensalzarla en miles de publicaciones, historias y películas.

Pero esos relatos expresaban solamente el punto de vista masculino y se enfocaban en las grandes batallas, con sus generales, sus armamentos, sus estrategias y el Padrecito Stalin iluminándolo todo y silenciando el aporte y el sacrificio de casi un millón de muchachas soviéticas que se enrolaron en el conflicto. 


A deshacer ese entuerto y recobrar del olvido los testimonios de cientos de esas mujeres se lanzó, grabadora en mano, Svetlana Alexiévich, periodista y escritora que acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura “por su escritura polifónica, que es un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestra época”.

Polifónica porque son muchísimas las voces que componen el texto, un coro trágico de mujeres que, 40 años después, recuerdan su terrible adolescencia pues la mayoría se integró a la lucha a la edad de 16, 17 años, casi unas niñas con fusiles que a veces eran más grandes que ellas. 


Svetlana va entretejiendo una historia de los sentimientos femeninos, los detalles, las pequeñas cosas que no se cuentan en una gran guerra. En medio de la barbarie nazi, de aldeas quemadas con mujeres y niños, de bombardeos y miembros mutilados, allí donde todo huele a humo y a sangre, en esos campos de batalla donde estas chicas arriesgan a cada rato sus vidas para arrastrar de vuelta a los heridos, hay fragmentos tan tiernos y conmovedores que le ponen a cualquiera al borde de las lágrimas.

Actos de valor, de entrega y compasión incluso con los nazis malheridos, causantes de tanto horror pero humanos al fin y al cabo. 
Muchas de ellas lloran al recordar esos sacrificios que fueron compensados fugazmente por la victoria final, pues al volver a sus pueblos les aguardaba algo inesperado: el menosprecio de quienes las miraban como a unas cualquieras, unas guarichas que anduvieron revolcándose en el frente.

De modo que estas auténticas heroínas se ven obligadas a callar y esconder sus medallas y sus heridas para poder llevar una vida común. 
Es tal la fuerza de la vida y del lenguaje coloquial en estas páginas que cualquier ficción está demás.

Las breves introducciones escritas por Svetlana, y su trabajo de edición y montaje, al estilo de un inmenso documental, convierten al libro en una obra maestra.

Ella bautiza al género como novela colectiva o de confesión y aplica el mismo enfoque para abordar el desastre de Chernobil y el fin de la utopía socialista. Y el Premio Nobel viene a ratificar que esto también es parte de la gran literatura.