Enrique Echeverría

¿Hacia dónde vamos?

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Las cifras publicadas sobre el número de muertes, robos y más delitos que ahora se consuman, ciertamente asustan: 1 723 muertes violentas en el año 2013, en todo el país; en 2014, una disminución: 1 308 fallecidos, igualmente por muerte violenta. Y en el capítulo de los robos, en el año pasado 2014 en todo el país registraron 34 378; cantidad un poco menor a los que se perpetraron en el año 2013 que alcanzaron a 35 360.

Todo esto sin contar con la cantidad de robos y hurtos que no se denuncian; y, por lo mismo, no están registrados. Muchos perjudicados aducen: no tengo tiempo para los trámites; debo sufragar gastos de abogacía, transporte y adicionales. Algunos utilizan servicios gratuitos del Estado.

En este panorama de por sí tétrico, acaba de ocurrir un caso que no es nuevo, pero con significado particular, porque la persona fue asesinada por confusión. En época anterior, ocurrieron varios casos en que a los que la ciudadanía consideraba ladrones les propinaban tal paliza que, como consecuencia, morían.

Pero en el caso actual se trata de un valioso joven, de apenas 23 años llamado Byron Caiza, destacado en el deporte del ciclismo en el que llegó a ser seleccionado por Pichincha y, además, era estudiante de Gastronomía. Lo confundieron, o dicen que lo confundieron con un ladrón común y rociaron su cuerpo con gasolina, lo ataron de manos y pies y prendieron fuego a su cuerpo. Todavía con vida alcanzó a llegar a un domicilio familiar; lo ingresaron en el Hospital Eugenio Espejo, pero estaba tan quemado que los médicos no dieron esperanza: tenía el 85% del cuerpo comprometido. Pocas horas después falleció.

Semejante volumen de delitos contra la vida y la propiedad ocurre a pesar de la tenaz y digna de elogio actuación de nuestra Policía, a la cabeza de la cual actúa el ministro Dr. José Serrano. Su trabajo es total, infatigable y con riesgo. No hay día que no descubran depósitos de cocaína, de marihuana, avionetas y submarinos en los que han tenido por costumbre despachar la droga a bordo de lanchas rápidas y entregarlas a barcos de mayor calado que las esperan en el mar abierto. Son tan geniales estos individuos que, en la última captura de droga, al darse cuenta que iban a ser detenidos, lanzaron al mar los paquetes de droga, pero cada uno tenía una instalación de conexión satelital, con la cual para recaudarlos conocen exactamente dónde se hallan.

En esta lucha global de la Policía y de la autoridad, de alguna manera puede cooperar la ciudadanía, informando sobre lugares sospechosos; sobre indicios de pistas para avionetas; sobre grupos de rateros y ladrones que operan en la ciudad a la vista de todos, pero que nadie se atreve a denunciarlos por el peligro de que, en represalia, puedan sufrir consecuencias graves, incluso con peligro de perder la vida.

eecheverria@elcomercio.org