Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 4
Triste 1
Indiferente 2
Sorprendido 3
Contento 12

Hace algunos años, los moralistas se manifestaban en atriles, balcones, púlpitos y también en medios de comunicación que les brindaban espacio para predicar virtudes propias o condenar actitudes ajenas.

Hoy los tiempos han cambiado y en gran parte las homilías y las censuras públicas pasan por las redes sociales. Allí los moralistas contemporáneos tienen un lugar para atacar, ofender, sermonear o catequizar, y lo que es peor, ser escuchados o coreados por un número apreciable de personas.

Normalmente los moralistas están vinculados con algún credo o religión específicos, pero también suelen asociarse alrededor de tendencias o ideologías políticas. Bajo la sombra protectora que les brindan sus cofradías o partidos, enfilan baterías contra todo aquel que hubiera osado apartarse de la línea de comportamiento que ellos consideran es la correcta, y por tanto, la única y verdadera.

Ahora, hay moralistas de todo tipo: los más radicales tienen al mundo en zozobra con ataques terroristas y crímenes perpetrados en nombre de su fe. Otros que con el devenir de los siglos han moderado sus posturas todavía se dedican hoy a reforzar los dogmas más arcaicos sin remozar apenas su concepción del ser humano en la nueva era. En todo caso, por ese moralismo exacerbado, ninguno de ellos practica activamente en la actualidad las virtudes que les transmitieron siglos atrás sus profetas: amor, respeto, caridad, perdón, humildad, solo por poner unos pocos ejemplos.

En estratos diferentes algunos moralistas soliviantados que se venden en sus sociedades como guardianes del decoro exigen a las mujeres que cubran sus rostros y sus cuerpos para impedir que su virilidad pudiera traicionarlos ante tan sublime exposición de belleza. Mientras tanto, otros más serenos y reflexivos, meditabundos incluso, velan por nuestro buen vivir evitando el trasiego de líquidos espirituosos en esos domingos anodinos en que las pasiones de los ecuatorianos corren un serio riesgo de traspasar los límites normales de la decencia.

En estos tiempos modernos quedan aún algunos moralistas extremos que lapidan marías magdalenas en las plazas públicas o que asesinan homosexuales en verdaderas ferias del terror; pero también quedan esos que los apartan de sus familias o que los encierran en centros de tortura para “rehabilitarlos”; y, por supuesto, quedan aquellos que, imbuidos de la soberbia más escandalosa, envanecidos y presuntuosos, alegan que esas parejas formadas solo por hombres o solo por mujeres no pueden tener relaciones estables ni formar familias, ni amar a un niño ni educarlo como solo ellos, “los normales”, saben hacerlo… Y entonces me pregunto si después de que hay millones de niños que mueren de hambre o sed, que son abandonados, violados, prostituidos o esclavizados a diario, ¿todavía queda gente tan arrogante, tan inhumana, que llega a cuestionar el amor y la educación que otras personas “no tan normales como ellos” sí podrían dar a uno solo de esos niños?

ovela@elcomercio.org