Monseñor Julio Parrilla

Monseñor Proaño

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En estos días se cita a Monseñor Proaño y se me pregunta sobre él: qué pienso y siento como obispo actual de Riobamba. Yo creo firmemente que Proaño fue un profeta y un testigo que respondió a las necesidades de su pueblo, especialmente del indigenado empobrecido, sometido y avasallado, hambriento de dignidad.

Muchas cosas han cambiado en el país y en Riobamba en los últimos cincuenta años… Pero el desafío de la dignidad sigue en pie, no sólo para los indígenas, sino para cuantos caminan en medio de una sociedad dominada por los intereses economicistas y por una cultura globalizada por la codicia y, como dice el Papa Francisco, por la indiferencia.

Hoy, la Iglesia necesita promover una pastoral amplia, integradora, que responda a los nuevos desafíos: la custodia de la Creación, la promoción de la justicia y de la libertad, de la equidad y de la paz. Y, en este horizonte, anunciar con gozo al Señor Jesús y su evangelio.

Por eso, más allá de las coyunturas del momento, con sus inevitables aciertos y desaciertos, comprensiones e incomprensiones, las grandes inspiraciones de Proaño siguen en pie: el amor a los pobres, la liberación de los indígenas, la inculturación del evangelio, la comunidad como sujeto de misión, la participación y la corresponsabilidad de agentes de pastoral, catequistas y servidores… Son inspiraciones remecidas por la fuerza del corazón y que hunden su raíz en el evangelio.

La Iglesia no puede vivir al margen del hombre ni de los procesos históricos que lo oprimen o liberan. Toca caminar con los jóvenes y con los pobres, con todos cuantos trabajan, día a día, por la dignidad humana. A pesar de sus límites, la Iglesia de Riobamba trata de mantener viva esta presencia fraterna y solidaria, sosteniendo la memoria histórica y regando los viejos árboles que Proaño plantó.

De aquí la recuperación de Santa Cruz como espacio de su memoria (la réplica de su humilde habitación, la biblioteca, sus objetos personales…). Y de aquí la preocupación social de nuestra pastoral. Pienso en algo tan sencillo como la promoción de la agricultura orgánica, de los huertos familiares, de una economía social y solidaria a favor del campesinado. Nuestra Caritas se encuentra comprometida hasta las cejas en esta tarea a favor de cientos de familias.
La profecía no está en el grosor de las palabras. Tampoco es privilegio de un profeta individual o de un grupo de profetas.

Joel, atento a la historia de Israel, habla de un “pueblo de profetas”, portador del Espíritu. Ahí hundió Proaño su esperanza y su ministerio, no siempre comprendido ni exento de dolor.
Si hoy Proaño viviera, los acentos serían otros, pero por nada del mundo cambiaría su fidelidad al evangelio.

El Cristo del Poncho, que un día pintara Esquivel, estará en el corazón de la diócesis, gritando a los cuatro vientos la dignidad del hombre y la libertad de los pueblos.

jparrilla@elcomercio.org