Víctor Fagilde

El mito de la vuelta

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El mito de la vuelta forma parte de varias culturas y civilizaciones. La idea de que hay que continuar con lo inacabado, y de que hay que hacerlo de la mano de quien lo haya iniciado integra la percepción humana de buscar referencias ante la aparente incapacidad de arbitrar soluciones, o porque las cosas no salen como uno quiere. Me ha llamado profundamente la atención tres visiones de esa búsqueda de referencias: el cristianismo, el sebastianismo portugués y los mexicas.

Cristo, Dios y hombre, anunció su muerte y resurrección. Su misión, salvar a los hombres. Habrá un Juicio Universal y como señala el Credo, “vendrá para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”. La percepción del creyente es que esperan tiempos mejores y que Dios se ocupará de enderezar entuertos, de hacer justicia, y de poner a su derecha a los buenos, y a su izquierda a los demás, de acuerdo a los méritos de dada uno.

Don Sebastián, Rey de Portugal, sucedió a su padre, Joao III, con apenas tres años, quedando bajo la tutela de su tío abuelo, el Cardenal Henrique. De temperamento inquieto, y sintiéndose llamado a salvar la cristiandad, inició una serie de campañas militares en Marruecos. La de 1578 fue un desastre para Portugal, por perder en la batalla de Alcazarquivir un ejército de 16 000 hombres, y al propio Rey, cuyo cadáver nunca fue encontrado. Ese desastre, por haber muerto el Rey sin descendencia, abrió el trono de Portugal a su tío, Felipe II.

A partir de la muerte del Rey —nadie lo vio morir ni halló su cadáver—las coplas de Bandarra, que anunciaban la llegada de un Mesías, cobran fama, porque ese Mesías no sería otro que el Rey Don Sebastián, que habría de volver para instaurar un nuevo Imperio portugués. Este mito renace de vez en cuando, el último de sus defensores, ni más ni menos, Fernando Pessoa.

Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, es una de las grandes deidades precolombinas. Los mexicas lo relacionaban con Venus, que adornaba el Popocatépetl durante ocho meses al año y desaparecía después. La profecía indica que ese astro y los dos solsticios en los que Quetzalcóatl se acercaba a la tierra para traer fertilidad y cosecha, tendrán lugar hasta la segunda llegada carnal de Quetzalcóatl, que habrá de volver. Una de las representaciones del dios es la de un hombre barbudo y blanco, por lo que algunos pueblos lo identificaron con Hernán Cortés. Las religiones de origen neotolteca hablan en sus tradiciones y leyendas del renacimiento de este personaje, idea que aparece en el Códice de Quetzalcóatl.

Son tres modos de entender el mito porque el futuro nunca muere. La sensación que trasciende del mito es la de la esperanza que, como el futuro, tampoco muere nunca pero que en realidad no deja de ser un mito. ¿O no?