Susana Cordero de Espinosa

Misterio y silencio

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scordero@elcomercio.org

Para usted, esta corta y bella fábula: un hombre -monje, filósofo, poeta, profeta o ser humano de cada día- salió a pasear por un profuso bosque, deseando un instante de olvido; el canto de un ruiseñor lo detuvo en su camino, enriquecido de inesperada armonía. Arrobado un brevísimo momento, al volver en sí, quiso regresar a casa, pero no encontró bosque ni senda conocida, ni casa en el camino, ni niños, ni juegos: árboles y flores, hojas doradas de otoño, cuanto podía recordar, se había perdido.

Ningún signo le permitió situarse en su espacio o su tiempo. Seres extraños, trajes nunca vistos, prisas inesperadas le hicieron concluir, antes de desmoronarse convertido en polvo, que el instante en que se detuvo para escuchar al ruiseñor fue un instante de siglos. En la contemplación y escucha del canto había trascendido mil vidas y experimentado lo eterno: la intensidad del arrobamiento fue mayor que pasado y porvenir. Perdida toda noción de sí mismo en el íntimo recogimiento, captó en brevísima llama que el arrebato de la percepción estética deparada por el canto del pájaro era imperecedero. Esta historia de ejemplar sencillez, fábula sin moraleja, es un bello intento por mostrar la posibilidad de la experiencia contemplativa, de vivencias que bordean lo místico. La pérdida de sentido del tiempo y el espacio propios, de toda noción de uno mismo provocada por la contemplación que todo lo resume, es posible en la experiencia de ciertos elegidos, de santos religiosos o laicos –que los hay- y de los místicos, cuya experiencia es, para Henri Bergson, argumento clave a favor de la existencia de Dios.

Si la atracción de la materia, si la trampa de la comodidad no alteraran, en la vida concreta, nuestra posibilidad de pensar y preguntarnos, sería fácil asimilar el arrobamiento del monje o profeta a nuestra propia experiencia ante ciertas obras musicales, la lectura de algunos poemas o la admiración sin preguntas de la hora dorada de un atardecer. La Navidad, ese misterio supremo en el cual el creyente ve la encarnación de lo divino en lo humano, si no estuviera cubierta con la maleza del consumismo, debería producir en nosotros, más allá de la fe, el estado de espíritu del extasiado contemplador de nuestra fábula.

Escribir este artículo sin inquietarme mil veces por su sentido habría sido fácil, lo habría redactado sin interrupciones, convencida de que basta la historia narrada para fomentar en todos el deseo de interiorización y contemplación, a la búsqueda del misterio más allá de cuanto existe, llama intraducible a comprobaciones, estímulo que nos permite trascender en busca de lo otro inalcanzable. Misterio, fuente de angustia y de alegría.

Ganar a la vida en intensidad lo que su breve paso nos quita, en extensión… Mirar hacia adentro, leer, contemplar, escuchar, orar, incluso, son esfuerzos que detienen el tiempo o nos lo devuelven. Pero el desperdicio, el horror al silencio, el ansia de novedad y de presencias, el rechazo a cuanto significa interiorización lastran, con su constante llamada, nuestro presente y nuestro porvenir.